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Primer viaje a Venecia

Publicado en el suplemento de viajes de La Razón

Aún recuerdo la sensación de asombro al llegar por primera vez a la ciudad imposible. Asentada sobre el agua, en frágil equilibrio, Venecia se apoderó de mí para siempre, según me iba acercando a sus canales. Desembarqué cerca de la plaza de San Marcos. Mi destino era el hotel Danieli, un lugar para mí casi más sagrado que la propia Basílica. Esperé mi turno frente a la recepción, mientras me deslumbraba la luz extraña que iluminaba,  desde los ventanales de la primera planta, los  lujosos salones engalanados con flores. Deseaba pisar aquella escalera de mármol, alfombrada en rojo, por la que tantas veces había imaginado descender al mismísimo D’Annunzio en alguno de sus viajes de reencuentro con la marquesa Casati. Ella, la marquesa, tenía su propio reducto: El Palazzo Non Finito, que tras ella  y sus animales exóticos, ocupara Peggy Guggenheim con Max Ernst y ahora fuese ese excepcional museo que conservaba el nombre de la americana. En cuanto ocupara mi habitación en ese hotel mítico, casi puro santuario, y después de permitirme desayunar en la terraza situada en el ático, frente a la isla de la Giudecca, viendo una carrera de góndolas de colores, me encaminaría a la que fuera la casa de la italiana más extravagante de todos los tiempos, Luisa Casati. Aunque antes, quizás, recorrería la propia plaza de San marcos y me permitiría un expresso más, en el café Lavena, donde el escritor y la musa y mecenas  italiana se conocieron amparados por la mirada del pintor Giovanni Boldini.  No sería hora aún para un Spritz en el Café Florian, así que lo dejaría para la vuelta de la Academia, a donde me acercaría dispuesta a dejarme embriagar por todos aquellos pintores venecianos, que tan bien habían conseguido reproducir la luz de su ciudad de agua, como Tiépolo o Tiziano. En mi recorrido no faltaría una pequeña escala en la tienda de las friulanas (esas zapatillas hechas a mano con diseño oriental típicas de los gondoleros) y menos aún una visita  obligada a la Iglesia de Santa María de la Salute, construida, como la del Redentor o la de San Rocco, ex voto de los venecianos, a causa de la peste que en 1630 diezmó la población. Desde allí, rodearía la cercana Punta de la aduana para acercarme a la Pensión Calcina, donde John Ruskin dejo la huella de su presencia escrita en las piedras. Después, ya sí, regresaría al hotel a descansar, hasta que me pudieran las ganas de ver de cerca, por fin, más que los leones que custodian San Marcos, esos otros, enormes que guardan el Arsenal.  Además me escaparía hasta el ghetto judío y encontraría el tiempo  suficiente para trasladarme el lido a recordar la Muerte en Venecia de Thomas Man. Y al volver, nada me impediría probar un Bellini en el Harry’s bar, por el que también pasó, como no, Ernest Hemingway..  Tumbada sobre la cama con dosel del Danieli y arropada por su magia, casi sólida, acababa de llegar a Venecia y no podía dejar de pensar en todo lo que la ciudad me ofrecía. Gloria a Giacomo Casanova a Hugo Prat y a todos los venecianos ilustres y también todos los intelectuales artistas a los que la ciudad había acogido a lo largo de todos sus siglos de existencia insólita. A partir de ahora, yo también formaría parte de su historia.

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