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Lectura y pandemia

Publicado en La Razón

Recuerdo que hace años, siendo yo muy niña, solía esconderme en el hueco de la escalera para leer. Me ocultaba allí, replegada, con mis libros, sola, y me sentía en el mejor parque de atracciones. Todos los libros, los regalados, los prestados y hasta los robados, eran mi mayor tesoro. El único bien que protegía y que me preocupaba perder. En mi casa no había más libros que los profesionales de economía y derecho de mi padre y cuatro novelas de mi madre que yo leí antes de tiempo, así que ir construyendo mi propia «biblioteca» libro a libro era un reto del que disfrutaba casi tanto como de leer.

Con el paso de los años y de los siglos los libros tienen tanta presencia en mi vida que casi ocupan más espacio que la propia realidad. Ellos y las maravillas que guardan me hacen aprender a comprender mejor la inmensidad del mundo, de lo distinto, de las emociones y hasta de la vida misma. En estos tiempos de encierro que hubieran sido tan imposibles de soportar sin el aire del cine, las series y la música si algo ha sido aún más vital que todo lo demás ha sido la lectura.

En un tiempo desprovisto de besos y contacto, acotado por las prohibiciones y las distancias se hacía más necesaria que nunca la imaginación. Una herramienta mágica que no solo sirve para crear las ficciones que según el magnífico «Sapiens» de Harari nos posibilitan las relaciones humanas sino que, además, sirven para transformar cualquier momento o espacio en un universo de fantasía repleto de maravillas.

Leer es multiplicar la vida, viajar sin moverse, descubrir pasando páginas la mejor vía de escape… Y la lectura siempre estuvo ahí, aunque en los últimos tiempos previos a la pandemia, pareciera una costumbre olvidada…

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