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Marta Robles: «No es la corona lo que corrompe, sino el poder»

Publicado en Es Radio
Marta Robles con su último libro./ Gonzalo Pérez Mata

En «Pasiones carnales», su último libro, la popular escritora y periodista se asoma a la trastienda de la vida de los monarcas españoles para hacer una radiografía de la Historia.

Pacho Rodríguez Medios

Esta es la historia de un libro escrito por una voz. Lo primero que llega de ella es su voz. Porque los recuerdos van por libre. Y además ella tiene una gran voz. Pero ese conjunto de ella y su voz es aquí un libro. En realidad, son muchos libros, porque la faceta literaria es su constante desde hace muchos años. En ella coinciden sin querer el acto de leer (lo que escribe) y escuchar como un recuerdo su voz (aunque también presente y actual en otros medios, teles, radios).

Eso me pasa a leerla. También lleva a otro ejercicio, muy sano: comprar un libro. Hagan la prueba. Una aventura apasionante. Cualquier lugar con librería es un sitio de fiar. Sea Urueña o Nueva York. Comprar un libro es acertar. El otro día vi a un amigo que venía con un libro. Yo le miraba y notaba en él que había mejorado, pero no sabía en qué. Y era en eso, en que llevaba un libro debajo del brazo. Y eso es favorecedor.

Por ejemplo, Pasiones carnales, de Marta Robles, esa voz de la que hablábamos. Ese libro que vamos a leer. Tiene un libro en el que cualquier parecido con la ficción es pura realidad… El orden también va por libre. Me hice lector de este libro y de repente me vino su voz. Así que ella es más que pretexto y entrevista. Los amores de los reyes que cambiaron la Historia de España. Ahí es nada. Touché total. Epígrafe subtítulo imponente. Porque Pasiones carnales, el libro de Marta Robles, es un lugar adecuado en el momento exacto en esta primavera en la que ¿asomarán las ferias de libros con permiso del virus?

Pero primero llegan esos recuerdos. Que siempre pasan delante. Y los recuerdos cuando aparecen en el futuro se recogen hechos trizas pero no siempre. El Balmoral, al fin. Al fondo estaba David Gistau apoyando sus brazos en la barra hablando con el camarero. El Balmoral era un Madrid sin música como declaración de intenciones: silencio, se habla. Y aunque sea de música, será sin ella. Era un túnel del tiempo del que no siempre se salía por el pasado sino por la escondida puerta del futuro.

Viene a cuento esto porque allí estaba aquella noche, al comienzo del bar, Marta Robles. Alguien me la presentó. Y sí: su voz era la misma de la radio, la de la tele, la que había oído. Y su cara también era la misma. Sería algo así como una cuestión de fiabilidad al primer vistazo. Durante un tiempo, las voces de mujer en la radio sonaban a nombre propio, a reivindicación, a pioneras, innovación y personalidad. Y una de ellas fue la de Robles. Lo sería ahora mismo. Marta Robles, así, a la altura de las expectativas.

Pero resulta que Marta Robles, periodista, es también 16 libros que le acreditan como escritora constante. «Yo fui escritora mucho antes de ser periodista. Escribo desde que recuerdo. Siempre fui una lectora voraz y tanto la lectura como la escritura siempre me resultaron imprescindibles. Como el aire para respirar. Me presenté a muchos concursos escolares durante mi niñez y adolescencia y guardo varios premios de entonces. Escribí mi primera novela a los 16 años, aunque por suerte nunca la publiqué, porque era malísima. Luego quise estudiar Filosofía, pero mi novio me convenció de que tenía mucho talento para comunicar y me empujó a la facultad de Ciencias de la Información. A mi padre casi le da algo y se negó a pagarme a la carrera, así que tuve que hacerlo yo, mientras trabajaba. Debo decir que el periodismo se me metió en las venas desde el primer día y nunca volvió a salir. Por eso digo que, aunque un día acabe dedicándome solo a la literatura, siempre seré periodista y tendré esa voluntad de contribuir a explicar el mundo y a conseguir que sea un poco mejor».

Marta Robles escribe desde… siempre./ Asis G. Ayerbe

 

A un relato así, que no cae en el ensimismamiento es como para ponerle pegas. Y sí, en cambio, una conclusión paradójica: mantenerse en una redacción es tan difícil como intentar irse. Y ella lo consiguió: ¿Te escapaste/libraste entonces a tiempo de las redacciones de los periódicos y otros medios? «Echo de menos la radio. Pero solo a veces. A la tele sigo yendo como contertulia, que es mucho menos esforzado. Y hasta de vez en cuando me sigo inventando formatos que me piden. Los libros son mi vida. Como escritora, pero sobre todo como lectora. En cuanto a las redacciones… fui muy feliz en las de los distintos medios. No sé si ahora lo sería tanto. Cada cosa tiene su tiempo. Y me gusta seguir escribiendo en prensa. Me obliga a tener los pies en el suelo», asegura.

Marta Robles se pasó a lo escrito hace mucho, a los libros, a la soledad del corredor del fondo, aunque nunca haya perdido el ritmo de la actualidad. Y sus apariciones por otros medios están ahí pero liberada de ser ella voz y guion del tramo horario. Así que vayamos al libro.

Pasiones carnales es la mejor prescripción si de lo que se trata es de sumergirse en un paseo de siglos y reyes como una avenida histórica en la que a través de contextos y personalidades se pueden entender desde acontecimientos a hitos históricos. Nadie, por muy rey que sea, escapa a su trastienda, y solo hay que mirar por tanto a esa actualidad que hablando de Historia planta la autora ante nuestros ojos sin escribir sobre ella. A veces, leídos en los textos de Historia, está el presente. Y los sucesos que parecen deberse solo a tramas superiores, en Pasiones carnales aparecen explicados desde un factor humano que, bien mirado, es clave.

Yo siempre digo que a mí las historias de mis novelas me encuentran, no las voy buscando yo

Y luego está el cómo le llega el tema al autor, porque está claro que las musas y la inspiración están sobrevaloradas, si es que existen. Así, el supuesto es si como autor uno va a los libros o le llegan en cuanto al tema o momento de empezar a escribirlos. Se tercia saber si este Pasiones carnales es un asunto con premeditación… o si fue llegando hasta que no había más remedio que hacer el libro. «Estoy muy de acuerdo. Yo siempre digo que a mí las historias de mis novelas me encuentran no las voy buscando yo. Pasiones carnales me llegó tras mis últimas tres novelas negras. Tres entregas muy intensas de las aventuras del detective Roures que encerraban asuntos muy duros y comprometidos, escondidos en la trastienda de la sociedad y que incluían la pertinente denuncia. Pensé que tenía que hacer una pausa, darme un tiempo para escribir el siguiente caso de mi detective (aunque curiosamente lo tenía ya entonces en la cabeza). Por salud mental. Para distanciarme un poco.

Y en esto, de pronto, en una conversación informal con la directora de Espasa, Ana Rosa Semprún, salió a colación un libro de arrebatos mexicanos de algunos personajes históricos señalados. Y pensé que la mejor manera de hacer una radiografía de la Historia de España sería bucear en la trastienda de los reyes y poderosos españoles, donde se esconderían todas esas pasiones carnales que, en todos los lugares y, por supuesto también en nuestro país, han marcado el rumbo de la historia. Cambiaba de género, pero no tanto. Al fin y al cabo en esa trastienda y junto a las pasiones carnales se ocultaban traiciones, venganzas, ambiciones y hasta asesinatos. Todo muy noir», relata.

Ensayo novelado

«Este libro es un ensayo novelado que pretende exponer la relación entre las pasiones carnales y el poder y su relación en el desarrollo de los acontecimientos históricos de nuestro país. Hay más reyes porque durante muchos siglos el poder, y además absoluto, correspondía a las coronas. Pero no es la corona lo que corrompe o determina los abusos en los distintos ámbitos incluido el del sexo o a causa del sexo, sino el poder. Así que, desde luego en todas las monarquías cuecen habas -ahí está The Crown– y en lo que no son monarquías también. Vamos, que si hiciera un libro de estas características sobre los presidentes de Francia, por ejemplo, me haría un festín. Y hablamos de poderosos porque las pasiones carnales y los sentimientos que generan, amor, odio, celos etc. son cosa de todos y mueven los destinos particulares de todos, pero solo los de los poderosos mueven los de los países o los de aquellos sobre los que tienen potestad».

– Y al final, ¿qué iguala más? ¿El amor, el sexo, la ambición…?

– Bueno, el amor y el sexo van muy unidos. Yo diría que el sexo como pasión incontenible está más al principio de la relación amorosa y que luego se va transformando; pero, con todo, suele permanecer en mayor o menor medida si la relación continúa. Creo que ante la pasión y el amor estamos todos igual de indefensos. Igual que ante la muerte. No podemos hacer nada, solo rendirnos. Y si no lo hacemos a veces resulta que incluso tiene peores consecuencias.

Ante la pasión y el amor estamos todos igual de indefensos, como con la muerte

La ambición es otra cosa. Creo que no somos todos igual de ambiciosos. Lo que también suele igualarnos es que para aquellos a los que amamos o deseamos, lo queremos todo. Y ese es otro tipo de ambición. Y como siempre si es un rey el que lo quiere todo para su amor, al final que se lo conceda puede influir en sus súbditos y en la propia historia de un país. Felipe II, el rey todopoderoso, en cuyos dominios no se ponía el sol, le concedió a su tercera esposa, a la que amó mucho, que todos los días de su vida vistiera un vestido nuevo y distinto -solo repitió uno porque su esposo no se lo había visto-, con el gasto que suponía; pero además, trasladó la corte de Toledo a Madrid porque a ella no le gustaba el clima de Toledo… Las consecuencias sociales, políticas y económicas de ese traslado de la corte son incontestables. Y se hizo por amor.

– ¿Cómo puede la mujer tener un papel de poder en estos contextos?

A veces de manera directa y otras de manera indirecta. La historia de la humanidad está escrita sobre la desigualdad de los hombres y las mujeres. Y ellas eran consideradas buenas o malas dependiendo de su honra, así que siempre les quedaba un margen muy pequeño de acción pero pese a todo, lo aprovechaban. Y no solo a través de la maternidad -que tantas veces les costaba la vida- sino por su influencia sobre sus esposos o amantes. Parece que la influencia de Leonor de Guzmán, concubina del rey Alfonso XI durante 23 años, fue definitiva e incluso a decir hasta de sus enemigos, que la tachaban de ambiciosa, que aseguraban que iba colocando a sus diez hijos en los mejores sitios y procurándose un patrimonio demasiado extenso por la gracia del rey, positiva. Ella no solo era una mujer hermosa, sino también inteligente y prudente y leal al rey. Eso no significaba que fuera perfecta. Si por ella hubiera sido, el heredero legítimo hijo de María de Portugal, la esposa del rey, jamás habría nacido…

Pero más allá de ese detalle, Leonor siempre quiso lo mejor para el rey y para España. Al morir Alfonso XIMaría de Portugal y su hijo, ya convertido en Pedro I el cruel mandaron asesinarla. La venganza llegaría unos años más tarde, cuando uno de los hijos de la concubina, Enrique de Trastamara, acabó con la vida de su hermanastro y ocupó el trono, cambiando de dinastía: de la casa de Borgoña a la de Trastamara. Una dinastía sin duda importante porque a ella pertenecían ni más ni menos que los reyes Católicos…

La mora Zaida, convertida después en reina consorte de Alfonso VI, el bravo, bajo el nombre de Isabel influyó tanto en su marido que según los historiadores la corte adquirió el aspecto de una corte musulmana en las indumentarias, costumbres etc. Hay infinitos ejemplos de la influencia de las mujeres por voluntad propia o simplemente por lo que su presencia al lado de los poderosos suponía.

Robles quiere seguir escribiendo en prensa, pero no volver a una redacción./ Gonzalo Pérez Mata 

 

– Ahora que Pasiones carnales vuela solo como éxito literario, ¿qué poso le gustaría que dejara?

– Para empezar me gustaría que no se juzgara el pasado con los ojos del presente. Que se tratara de comprender cómo eran los monarcas y poderosos de otros tiempos y cómo han evolucionado hasta nuestros días. Y que se llegara a la conclusión de que el poder absoluto no debería existir jamás, ni aunque los que los ostentaran fueran buenas personas y buenos dirigentes porque sus propias pasiones y su propia humanidad les puede conducir a muchos errores que se permiten porque, al sentirse con ese poder absoluto, se siente por encima de los demás y casi con derecho a dar rienda suelta a sus deseos.

Por eso creo que la reflexión definitiva que me gustaría que se sacara de este libro es que, insisto, no es la corona lo que corrompe, sino el poder desmedido. Que el poder debe ser cercado para que nadie que lo ostente, ni reyes, ni políticos ni otros poderosos se sientan con el derecho de abusar de él a costa de los otros.

– Usted piensa que la monarquía necesita una adaptación tal que yo pensaba que no sé si será posible. En estos tiempos es más fácil dejar de ser monárquico que empezar a serlo. Y una puesta a punto es como intentar hacerlo con un coche que ya no tiene motor. ¿Habría que pensar en soluciones?

– Bueno, a mí me parece que todos los sistemas tienen cabida siempre que exista democracia. La monarquía parlamentaria me parece un buen sistema porque goza de un representante muy valioso que puede -y debe- estar por encima de todas las ideologías. Y eso no se le puede exigir a un presidente de un país y lo tenemos más que testado. Por tanto, me parece que se puede defender muy bien, siempre y cuando su poder este absolutamente delimitado por los otros poderes y aunque mantenga ciertos privilegios de su estatus (también los tienen los políticos, no nos engañemos) no pueda actuar impunemente ni goce de la inmunidad que no disfrutan sus súbditos. Otro tipo de monarquía es impensable en nuestros tiempos.

La monarquía parlamentaria me parece un buen sistema

Y eso no quiere decir que no haya sido positiva en otros momentos de la historia donde era muy difícil gobernar y todo pasaba por los frentes a los que también iban los monarcas… Insisto mucho en eso porque ha habido monarcas buenos y malos, como políticos buenos y malos… No hay más que mirar en los entornos de los propios monarcas. En algunos muy especialmente. Véase el caso de Isabel II, rodeada de políticos manipuladores y que abusaron de sus poderes e incluso de una niña que accedió al trono con 13 años.

– A todos estos reyes, por ejemplo de Fernando el Católico a Felipe VI, ¿qué rasero es el más útil para juzgarlos?

Es que no hay que juzgar sino tratar de comprender, para empezar. E insisto en que no todos los reyes son iguales ni tienen el mismo compromiso ni gobiernan igual ni suponen lo mismo para el país en un momento de la historia que en otro. Entre esos reyes están, por ejemplo, ejemplos tan destacados como el que para algunos fue el mejor rey de nuestra historia que es Carlos III, que por cierto no se dejó llevar en absoluto por sus pasiones carnales. Se casó una vez con María Amalia de Sajonia, tuvieron sus hijos y, cuando ella murió, él se volvió casto para siempre, porque temía que la tentación y el sexo pudieran conducirle a la locura como a su padre, Felipe V. Carlos III no solo hizo que el país avanzara y embelleció la capital, sino que se ocupó de los asuntos sociales y se preocupó por su pueblo…

El propio Fernando el Católico, tan maquiavélico él como para haber inspirado según algunos la figura de El príncipe, tenía un enorme sentido de Estado y un verdadero amor por su patria, pese a sus infidelidades, a lo mal que se portó con su hija Juana, para conservar el poder y a su afición a la cantaridina -el viagra medieval- con su segunda esposa. Y Alfonso XII murió joven pero se le auguraban grandes obras por su comportamiento, pese, también, a sus relaciones al margen de sus dos matrimonios, el primero de ellos por amor (como los de los pobres).

Yo me paro en Alfonso XIII precisamente porque si hubiera seguido adelante hubiera hecho información y no literatura. Y menos historia. No se puede escribir sobre asuntos históricos sin perspectiva porque es imposible ofrecer una imagen global de una persona o un acontecimiento sin ella. No la tendremos del Emérito, por ejemplo, hasta que pase el tiempo y seamos capaces de analizar su figura con sus luces y sus sombras (que, no nos engañemos, todos las tienen) y podamos valorar lo que hizo bien y mal y qué supuso para España. Lo mismo pasará, qué sé yo, con esta pandemia. Ahora solo podemos informar sobre ella. Cualquier obra literaria sobre ella requerirá la perspectiva para que de a conocer qué supuso en realidad para nuestro mundo.

Quiero dejarme atrapar por la literatura, por la poesía, por la música, por el cine… Pero no por la nostalgia

– De aquella novela, Luisa y los espejos, ¿qué quedó? ¿Supuso un empujón igual de importante que el que se supone al ser premiada?

– Mi carrera como periodista y mi exposición permanente sobre todo en televisión no me han venido precisamente bien para mi carrera literaria. De hecho aún hoy parece que tengo que seguir explicando que llevo escribiendo libros desde hace 30 años, que soy escritora y no una advenediza que ha aprovechado la popularidad para publicar. Ganar el premio Fernando Lara de novela -uno de los más prestigiosos- con Luisa y los espejos supuso un espaldarazo para mi carrera literaria. Como luego lo han supuesto también ser finalista del Silverio Cañada en la Semana Negra de Gijón con A menos de cinco centímetros, o finalista de Cartagena negra con La mala suerte, o ganadora en el Festival de Aragón Negro, también con La mala suerte, o ganadora del Premio Letras del Mediterráneo con La chica a la que no supiste amar.

– Hizo un libro con Pedro J. Ramírez. Esa sucesión de nombres propios que es la vida, y más en esto nuestro en el que se suceden con tanta frecuencia, ¿cree que es fructífera? ¿Se siente afortunada por ese recorrido profesional compartido?

– Bueno, más bien escribí yo la biografía de Pedro J. Ramírez con su connivencia y desde su punto de vista -le grabé todos los días, durante más de un año, pero además hice casi 500 entrevistas-, que firmamos los dos, porque ese era el reclamo editorial. Fue una aventura fascinante y aprendí mucho con él y de él. Incluso algunas cosas que sabía que no quería ni para mí, ni para mi carrera. Otras, sin embargo, fueron fundamentales para que aprendiera lo que era ser periodista. Y sí, me siento muy afortunada por haber recorrido mi vida profesional y personal con tantas personas que me han dejado huella. Unas para mejor otras para peor, pero todas han supuesto algo en mi vida y en mi aprendizaje. Si algo tiene esta profesión es que te permite conocer muchos mundos que habitan en las diferentes personas. En tus compañeros, en tus jefes, en las personas a las que entrevistas… Ver el mundo desde la barrera es un privilegio.

– ¿Cómo prefiere una semana? ¿Sola, escribiendo, viviendo con su familia, etc? ¿O una semana frenética de encuentros, experiencias, reuniones, la parte social de este trabajo, en definitiva?

– Si tengo alguna característica de mi personalidad bien marcada es la de ser una disfrutona. Disfruto con todo y allá donde esté. Sola o con mi familia, escribiendo mil horas o leyendo sin parar, impartiendo una conferencia o recibiéndola… Disfruto de los trabajos grandes y pequeños y a todos les dedico la misma ilusión y compromiso. Y lo mismo me pasa en lo personal. Pero es verdad que, a veces, cuando el trabajo me absorbe me vuelvo un poco intratable con mi familia.

– ¿Dónde ha quedado el periodismo tal y como lo conocimos?

– Los tiempos cambian y la nostalgia no sirve para nada. El periodismo del pasado fue y el del futuro será. Lo importante es contar bien y con rigor, adaptándonos a los nuevos tiempos y manteniendo ese espíritu imbatible de cambiar el mundo. Con un poco de suerte el mundo digital se ordenará y todo acabará pagándose. Es lo que yo espero y deseo, más que por mí, por los que vienen detrás.

– Usted y yo coincidimos un día en el Balmoral…

– Balmoral, el de Loquillo, el de tantos queridos compañeros entre los que incluyo a Gistau al que admiraba y adoraba a partes iguales. Un lugar de culto en el que disfruté de grandes conversaciones y de el mejor alcohol de Madrid. Bueno, siempre nos quedará el recuerdo. E insisto en que la nostalgia no sirve de nada. Está muy bien recordar y disfrutar de los recuerdos, pero no quedarse atrapado en el pasado cuando el presente -incluso en pandemia- está lleno de gente maravillosa y de apartados para compartir y el futuro sigue siendo una aventura. El futuro nos tortura, el pasado nos encadena. He ahí por qué no sabemos vivir el presente, que decía Flaubert. Yo quiero dejarme atrapar por la literatura, por la poesía, por la música, por el cine… Pero no por la nostalgia. Sobre todo porque sé bien que la nostalgia nos suele hacer reescribir la historia y conservarla en la memoria muchas veces como nunca fue.

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