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Los verdaderos monstruos

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Llevamos una semana completa viendo monstruos sueltos por las calles. Niños monstruosos con hachazos de goma en la cabeza, que van de la mano de sus papas sonrientes, mientras sus pequeños les sonríen, cómplices, esperando que llegue la noche indicada para verlos disfrazados a ellos de inofensivos monstruosos asesino de mentira: Freddys Kruggers con manos afiladas, brujas malvadas con verrugas en la nariz, o momias recién salidas del sarcófago…. Miedo da pasearse por las calles, con tanta sangre en los rostros y garras en las manos, con tanto truco o trato como símbolo de un día donde los zombies comienzan a invadir las ciudades y a ser más numerosos que los vivos y donde las niñas del exorcista se multiplican y vomitan por doquier. Monstruos todos de broma y pacotilla, importados desde EEUU como la mismísima Coca- cola, que llegaron hace no tanto para quedarse, en un país como el nuestro donde nos gusta tanto disfrazarnos y divertirnos como para poder incluir esta fiesta entre las nuestras -ya bastante numerosas- y hacerla formar parte de la tradición. Habrá a quien le guste, a quien no. Quien opine que lo nuestro es lo nuestro y lo de los otros debería ser de los otros, pero a mí cualquier cosa que haga disfrutar a la gente o que suponga motivo de celebración me parece adecuado y pertinente. Máxime en estos días que suceden a los tan aciagos de esa pandemia que daba mucho más miedo y proporcionaba ninguna herramienta para superarlo. El Halloween o jalogüin, la fiesta original y la sucedánea, lo único que pretenden es liberarnos del terror a la muerte, sin que eso suponga, por mucho que algunos se lleven las manos a la cabeza, faltarles el respeto a los difuntos, a los que se nos fueron, ya no están y nosotros acompañaremos algún día en ese otro lado de la vida que es la muerte, donde se apaga todo para no volverse a encender. Así que disfrutemos de nuestro miedo de chiste y liberémonos de él y de los monstruos sacados de ataúdes a carcajada limpia. Por desgracia, no podemos hacer lo mismo con otros monstruos que caminan sin careta y que sin embargo deberían darnos mucho más pánico pero que pensamos que podemos dominar con una condena, como son los psicópatas agresores sexuales. Entre tantos reincidentes en cuanto vuelven a pisar la calle, el asesino del niño de Lardero. El tal Francisco Javier Almeida sí que es un verdadero monstruo. Uno frente al que no caben las risas, sino tan solo la decisión firme e inamovible de encerrarlo y tirar la llave para siempre jamás.
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