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Love song (La novela del año)

HAY una especie de leyenda en torno a los músicos, que los convierte de manera inexorable en personalidades frágiles en las que, las drogas, el sexo o el puro rock and roll determinan tanto sus comportamientos, que acaban por robarles el talento y los degradan al fracaso. Porque durante el éxito todo vale. Todo es posible. Todo es incluso necesario. Pero cuando se cambia la gloria por la realidad y hay que volver a tocar las canciones que los demás quieren escuchar, en vez de esas que uno soñó con componer, repletas de momentos vividos o sentidos o aquellas encontradas en legendarios conciertos de otros, lo que queda es el puro equilibrio sobre el alambre fino e incómodo. Y ahí se camina mejor con la mirada distorsionada por cualquier sustancia que intoxique el cuerpo, pero también, irremediablemente, el alma. En el camino se puede perder de todo: el brillo, la inspiración, el arte, la honestidad, la salud y hasta la vida. Porque todo ese luchar contra el vaivén caprichoso del éxito, de intentar mantenerlo firme para afianzar, tal vez, alguna seguridad sobre el propio reconocimiento, casi siempre al albur del de los otros, de los aplausos y del sistema del que se huye es un esfuerzo sin recompensa. Nada, ni siquiera el más excelso valor de cualquier pieza de creación, musical o de cualquier tipo (el discurso sirve para la creación en general), garantiza el prestigio permanente. Tampoco la fama o la popularidad, caretas de ese impostor que es el triunfo, que parece otorgar un fulgor eterno y que, sin embargo, apenas ofrece un parpadeo luminoso y efímero, que suele desvanecerse mucho antes de lo esperado. Los músicos pese a su apariencia de despreocupación, al fingimiento constante de ser diferentes, a ser capaces incluso de llevar puesta la capa de armiño y el cetro como si fueran reyes durante su paso por el escenario y fuera de él o quizás por ese espejismo, son incluso más frágiles que el resto de los creadores. En esta Love Song de Carlos Zanón (la novela del año) se cuenta todo eso. Lo que se sabe, lo que se intuye y lo que se inventa de los músicos. Empezando por cuánto les marca la propia edad, el pasado y la nostalgia. ¿Es una novela de música y de músicos? No. Aunque la sabiduría musical de Zanón nos lleve a recorrer nombres y lugares ocupados por ellos y la historia se asiente sobre la música y también sobre tantas claves literarias y hasta históricas que se incluyen en la narración como parte de la vida. Es un relato de amor y de amistad, que es otro tipo de amor. ¿De qué si no? Posiblemente la creación es la barrera de las cosas, pero el amor y la amistad son las cosas en sí mismas. La vida con sus pequeñas o grandes miserias, con todos los obstáculos aumentando de tamaño a cada paso, como si se hubiera mordido la galleta de Alicia, siempre gira en torno al amor. Y a la muerte. Que también está ahí acechando. En la propia vida y en la novela. El amor y la música a veces hacen que parezca que no existe, pero siempre anda por ahí. Y por supuesto, también está en esta mágica, triste, enternecedora e inolvidable canción de amor de Carlos Zanón.

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