Pepe Colubi. La Mirada del fin de semana, septiembre de 2000.
Hasta hoy los expertos culinarios sólo reparaban en el vino, el café o el aceite. Pues bien, la periodista Marta Robles es toda una autoridad en caramelos. Podría escribir el ‘Tratado del chicle’ o recitar de memoria todas las marcas de gominolas. Es una adicta incapaz de vivir sin ositos de goma.
La periodista Marta Robles (Madrid, 1963) ha repartido su carrera entre la radio y la televisión. Espacios como ‘A vivir que son dos días’, en la Cadena SER; ‘A toda página’, en Antena 3 Televisión y, últimamente, en ‘A toda radio’, de Onda Cero, contaron con su sello personal. Acude a la entrevista radiante, sonriente y con un chicle en la boca, un detalle éste que anticipa una afición tan intensa que convierte la pasión en vicio. Marta Robles es la mujer golosina.
El universo golosina es vasto y, por desgracia para usted, inalcanzable. ¿Cuáles son sus preferencias?
Dentro de lo que se conoce como chucherías, lo que más me gustan son las gominolas: corazones, manzanas verdes o platanitos. Pero mi preferencia son los ositos de goma, un auténtico vicio vital. Tanto, que incluso me compro bolsas de dos kilos para escribir.
Oiga, ¿y a cómo están los sacos de ositos?
Depende. Hay muchas marcas. Yo los compro en una tienda que los vende a granel, y cuestan 500 pesetas; son especiales, están hechos con más calidad. Dos kilos dan para un rato, pero no creas que para mucho.
En este vicio, más que en ningún otro, el sentido de la vista juega un papel decisivo. ¿Si no tienen forma de osito, no valen?
Bueno, me gustan todas las gominolas, pero prefiero los ositos de goma. Aunque también me gustan mucho los de regaliz rojo o negro. ¿Por qué? Simplemente, estoy acostumbrada a ellos o, a lo mejor, tiene que ver con comerme la cabeza y las patas del oso (risas). No tengo ni idea.
Hablando de comprar con la vista, existe una diferencia entre las frías máquinas expendedoras y las tiendas especializadas, en las que se compra a puñados.
Es que a mí las bolsas empaquetadas me gustan mucho menos; si no tengo más remedio, las compro aunque salgan más caras. A mí me hicieron muy feliz esas tiendas de caramelos variados en las que coges lo que quieres. Me gustan mucho los colmados, es decir, los quioscos. Pero prefiero la palabra colmado, que es ese quiosco en el que todo se desborda: el regaliz que se cae, un dedo de gominola, el chupete… Cuanto más porquería parece, mejor. Siempre me han gustado esos colmados y los sitios con un viejito vendiendo, pero a mi madre no le gustaban nada, decía que lo tocaba todo el mundo.
Repasemos otras golosinas tradicionales. El chicle tiene toda una genealogía; con centro líquido, con centro de polvo ácido, de bola, de figura, especial bomba…
Los de centro líquido son unos nuevos que se llaman Boomer, una fiebre como los chicles sin azúcar que ahora fabrican todas las marcas. Pero a mí me gustaban los Bazooka. De pequeña iba a un colegio de monjas, donde no nos dejaban comerlos; cuando te pillaban, te obligaban a meterte cinco chicles Bazooka en la boca y masticarlos. Intentabas hablar, y sonaba así como ‘blagblasbaf. En aquella época, la mascota del chicle era un chico con una gorra y, para cambiarla, hicieron un concurso; al ganador le regalaban un caballo. Yo, que era apasionada de los caballos, mandé unos dibujos y quedé en tercer lugar.
El regaliz, ¿en barra, figura o juanola?
Como sea, desde el palo del que sale el regaliz, que mordíamos sin parar cuando éramos pequeñas, hasta sus distintas elaboraciones en forma de oso, moneda o barrita.
¿Qué me dice de la extraña textura de la golosina conocida como nube?
Eso es de importación, no es tradicional como aquella especie de leche de burra dura (por cierto, en forma de osito), que por dentro era blanda. Las nubes llegaron de Londres y, al principio, decían que había que tomarlas no sé cómo. Hoy las hay de todo tipo y han cambiado mucho: largas, cortas o redonditas. Aunque no eran corrientes cuando yo era pequeña, también me las como ahora.
La leche de burra será tradicional, pero la última generación de golosinas tira hacia el gore. Por ejemplo, hay una cosa llamada ‘sesos rellenos’, que es un cerebro de gominola relleno de algo rojo.
Yo a tanto no llego, pero hay unos dedos de goma con la uña morada que me he llegado a tomar. Sí, es cierto que salen cosas que llaman mucho la atención. No sé si hay comedores de gominolas muy extraños por ahí o, simplemente, es que va destinado a los niños. Ya sabes que todas las cosas escatológicas y terroríficas les encantan, porque son porquerías y dan miedo.
Si las ideas geniales han de aunar sencillez y efectividad, creo que la de ponerle un palo a un caramelo es una de las más brillantes.
Por eso se ha exportado y hasta se cuentan chistes con el nombre del invento. Hablando en serio, esa idea es fantástica; hay dos ideas muy poco reconocidas: una, la del Chupa Chups, otra, la de la fregona. Si no es por la fregona, todavía estaríamos fregando de rodillas por los suelos. Y, si no fuera por los Chupa Chups, muchos más niños mancharían los coches de sus padres, por ejemplo.
Dudas metafísicas: ¿Chupa Chups o piruleta?
Depende del sabor; la piruleta me gusta más, porque tiene una fresa un poco más ácida. Los Chupa Chups los hacían antes con sabores clásicos: café con leche, por ejemplo. Pero prefiero los frutales; no me gustan las chucherías serias, sino las que dice mi madre que son un asco.
El Kojak, ese Chupa Chups con centro de chicle, marcó época.
Sí, pero el chicle era muy pequeño y dejaba la lengua roja; para eso, mejor las piruletas del principio, aquellas enormes que te dejaban los labios pintados.
¿Y los helados?
¡Los polos de hielo!
Lo más básico.
La porquería. Aquellos polos de hielo antiguos, puro colorante que chupabas y se quedaban sin color; ésos me gustaban a mí. ¿Te acuerdas de los Flash? Me encantan.
Las golosinas se asocian a la infancia, ¿recuerda la primera chuchería que le marcó?
La primera no, pero sí tengo un recuerdo de mi infancia muy asociado a las golosinas. Un día, no sé por qué, yo tenía 20 duros, que en aquella época eran un dineral, y me fui a una panadería a comprar chucherías. Al volver, no tenía llaves y no había nadie en casa. Así que empecé a comerme todas en la puerta; me puse tan mala que tuve que entrar en casa a la fuerza, dando patadas a la puerta hasta que la abrí. Me asusté tanto que la volví a cerrar y no dije nada en casa. Mis padres no lo supieron hasta hace un par de años.
Hablando de niños, ¿sería capaz de decirle a un niño que las golosinas son malas?
Lo que hago es comerme sus golosinas, y seguro que me gustan más que a ellos. Es un serio problema, porque, cuando hay que quitarles una chuchería, se la quito, y me la como. Qué le vamos a hacer.
A mí me decían que provocaban caries.
(Marta muestra una enorme y resplandeciente sonrisa). ¿Tú crees? Verás, tengo varias dudas. Cuando era pequeña, me decían que no iba a crecer porque no tomaba leche, y mido 1,74: tampoco está tan mal la cosa. Cuando fumaba, también me decían que no crecería; fume un tiempo, y luego lo dejé, pero nunca me ha pasado nada. Y con las chucherías, siempre me decían que iba a tener caries y, como ves, nada de nada. Quién sabe, a lo mejor es que las necesito para mi salud mental y física.
¿El gusto por la chuchería abarca el dulce en general?
Que no, que no. A la gente más seria le gustan los pasteles y las tartas, pero a mí, no; ni tartas ni pasteles. El chocolate, depende del día. Pero lo que me gusta, sobre todo, son las gominolas.
Hay un componente kistch en algunas presentaciones. Por ejemplo, la de los famosos caramelos Pez, ¿le atrae?
Bueno, al fetichismo de las golosinas todavía no he llegado. No tengo un cuadro en casa con las mejores, pero no lo descarto. En el caso de los Pez, no deja de ser un reclamo que también existía en mi época: poner un muñequito para hacer más atractivo lo de dentro. Pero no regalar una cosa que tenga que ver con la televisión o el cine: un mundo al margen de la propia gominola, en este caso forma parte de él.
Un año me comí 12 gominolas Jelly con las campanadas de Nochevieja porque no tenía uvas.
Las Jelly son muy serias, pero si hubieran sido ositos, ¡la suerte que habrías tenido!
La Mirada del Fin de Semana
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