La noticia de la muerte de Adolfo Suárez se ha alargado en el tiempo, después del comunicado de su hijo mayor, advirtiendo de ella 48 horas antes de que se produjese. Supongo que la familia llevaba tanto llorando su pérdida, producida años atrás, cuando dejó de conocer, que necesita compartir estos últimos momentos, especialmente duros. No es sencillo ver como se extingue, lentamente, la vida de quien tanto amamos y menos aún llegar a ese punto en la que tenemos que escribir la fecha y hora en la que se irá para siempre. Pero lo cierto es que, tal vez a ese anuncio, se ha ido no solo entre los suyos sino también con todos los españoles rindiéndole homenaje desde todos los medios de comunicación y desde la propia calle. No ha habido político o ciudadano de a pie que no haya reconocido sus méritos y su valentía y que no le haya considerado benéfico corresponsal del éxito de la transición española. Eso que se lleva Adolfo Suárez, aunque no lo haya podido disfrutar en los últimos tiempos, por su perversa enfermedad; y eso que se quedan sus hijos que, pese a la suerte de tener un padre reconocido por la historia ,por mucho que en su momento tuviera que dimitir como presidente o en buena parte gracias a su valentía al hacerlo y al enfrentarse a los golpistas del 23 F, no han tenido siempre la existencia más feliz. Más allá de la política, fueron muchos los años en los que la familia Suárez tuvo que convivir con el cáncer. Primero fue el de la hija mayor, Mariam, luego el de madre, Amparo que se la llevó antes del fallecimiento de su primogénita y más tarde el de las dos hijas menores, Sonsoles y Laura que, tal vez advertidas de lo agresivo de la enfermedad en su familia, pudieron ser más precavidas y lograron superarlo. Adolfo Suárez, sin embargo no se enteró de las dolencias de estas últimas. Para cuando el cáncer las cercó, por fortuna, sin suerte, el ya estaba preso del Alzheimer que le hizo desprenderse, de su patrimonio más valioso: los recuerdos. El hombre de la Transición, al final de su vida, no sabía nada de ella, ni tampoco de esa familia a la que tanto amó. Una espera que en el cielo haya un agujerito desde el que Adolfo pueda disfrutar con sus logros, con el reconocimiento de los mismos y viendo a sus cuatro hijos vivos viviendo unas vidas plenas y felices. Y una espera también que, previamente, dureza de su vida no le impidiera disfrutar de momentos maravillosos de la historia ,que los españoles de la Transición y los herederos de ella pudimos vivir gracias a él.
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