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“Las santas guapas siempre han querido ocultar su belleza”

Rafael Piñero. Escritor.

Después de toda una vida trabajando como directivo de empresas multinacionales en diferentes países y con las ganas de escribir contenidas en las mil y una lecturas de Literatura e Historia, llegaron esos años de parar y descansar para Rafael Piñero, quien, sin dudarlo, aprovechó para lanzarse a la vocación tanto tiempo aplazada de la escritura. Así, de su pluma nació “El jardín del cielo” (Planeta) un proyecto largamente madurado, que por fin ha visto la luz. Ha sido mucho tiempo de esperar para escribir y de encontrar la historia, o más bien las historias que quería contar. Y son verdaderamente sorprendentes, como no podía ser de otra manera, tratándose de santos, martirios, milagros y los mitos y leyendas que los rodean. Un fenómeno al que no se bien si hay que acercarse siendo creyente o repleto de dudas. “Yo no soy demasiado creyente en el sentido clásico –me confiesa Rafael- pero tampoco pienso que sea el creer lo que empuje a estudiar un fenómeno. Más bien ha sido el hecho de que mi generación ha estado influida toda la vida por los aspectos religioso e incluso por los santos. Y tal vez por ese motivo, siempre habían ejercido una enorme fascinación sobre mí”. Le pido que entremos en materia y que me hable de algunas actuaciones milagrosas; como la de ese San Antonio, que, al parecer, ayudó a un contrabandista convirtiendo en alubias el tabaco que llevaba cuando los carabineros le dieron el alto… “Es San Antonio María Claret .Un ejemplo de ese género de milagros en el que un santo ayuda a los pobres o los menesterosos a salvarse de cualquier responsabilidad. Pero hay muchos San Antonios en mi libro. Como San Antonio de Padua. Y entre sus milagros está el del niño que estaba en la cuna, con pocos meses que, cuando se tuvo la necesidad de conocer quién había sido el responsable de su paternidad, llegó el santo y le conminó, en nombre de Dios, para que hablara y el niño, con voz clara, dijo algo así como “este es mi padre”. Le pregunto si ese San Antonio es el mismo que le buscaba novio a las mozas casaderas y me lo ratifica. Por suerte no es a él sino a sus tallas a las que castigan si no hay milagro “Desde luego. Para empezar entierran la talla y si al final no aparece novio, le dan unos cuantos puntapiés…”

Dejamos a los Antonios santos y empezamos a hablar de un santo muy curioso, llamado San Gaspar de Búfalo “Era italiano. Parece que por esta zona geográfica del mundo, en Italia, ha habido una intensidad de portentos muy superior a la del resto del mundo y, en concreto, Gaspar de Búfalo era un santo que tenía una serie de dones, yo diría que sobrenaturales, como el de hacerse entender simultáneamente por personas que no hablaban su lengua, mientras predicaba, o hacerse oír desde lugares a distancias inverosímiles e incluso convertir a gente que estaba muy lejos…Además era capaz de predecir la muerte de algunos de sus amigos –por eso le llamo ‘el cenizo’-“Abandonamos Italia, pese a la cantidad de santos que tiene por metro cuadrado y viajamos a Antioquía, donde encontramos alguna representación de lo que Rafael Piñero llama “los santos suicidas”. Santa Pelagia,por ejemplo. “El suicidio es un tema que siempre me ha preocupado desde el aspecto filosófico. Creo que la diferencia entre el martirio y el suicidio no siempre está clara. Y hay personajes a lo largo de la historia, que finalmente han acabado como mártires, que da la impresión de que, lo que buscaban, de alguna manera era, si no el suicido, algo muy parecido, de la misma forma que lo busca ahora un terrorista cuando se inmola y hace saltar unos cartuchos de dinamita en el mercado de Bagdad. Siempre desde mi interpretación personal, yo lo considero una especie de suicidio interesado, en el sentido de que lo practica quien cree en la recompensa eterna”.

Pues lo que en la tierra parece en si mismo no una recompensa, pero sí un regalo, que es la belleza, para las pobres santas guapas, por lo que cuenta la Rafel Piñero en su libro, suponía todo un problema. Tanto, que se pasaban toda la vida tratando de camuflarla, incluso con métodos tan extremos como el de Santa Brígida de Kildare. “Estas santas no querían ni casarse ni ver varón cerca y para evitar que alguien las persiguiese acudieron a distintas fórmulas. Santa Brígida de Kildare, por ejemplo, oró a Dios para que le quitara la belleza; y parece que su plegaria fue escuchada, porque se le reventó un ojo y todo el contenido se le vació dentro de la cabeza. ..Hubo otros métodos menos radicales, como el de Santa Gertrudis a quien su madre rapó la cabeza.”

Le digo a Rafael, que me aparte de ese sendero tortuoso y que me recuerde mejor las historias de los patrones de los diferentes lugares; por ejemplo del patrón de Madrid, San Isidro Labrador .“Los milagros de este santo son de los más conocidos. Sobre todo el clásico de los bueyes que tiraban del arado y hacían el trabajo que le correspondía a él mientras él rezaba…”. En “El jardín del cielo”, perfectamente documentados, hay milagros para todos los gustos y disgustos. A esta última categoría pertenecen los bautizados por Piñero como “martirios familiares”. Y ahí aparece el caso de Santa Sinforosa y su esposo Getulio Sónico, que tuvieron siete hijos, todos santos y todos mártires…”Como los macabeos estaban por ahí, martirizaban, por decirlo de alguna manera, al unísono. Había una persecución a las corrientes cristinas que no acababa en los padres sino que incorporaba a los hijos. Y lo curioso es que las mismas madres se mostraban exultantes de gozo con el martirio de sus vástagos. Era la mentalidad de entonces…”

Personal e intransferible

Rafael Piñero nació en Barcelona en 1948 está casado, tiene tres hijos y se siente orgulloso de haber vivido una vida muy interesante. No se arrepiente de nada y más que perdonar “procuro evitar que se produzca la situación”. Será porque olvida poco. A una isla desierta se llevaría “El Quijote”. Le gusta el vino de Rioja y de la Ribera del Duero, y dice que se ríe muy poco porque “el auténtico humor es serio. A veces hasta triste”. No tiene manías y el sueño que se le repite, parece un anticipo de un martirio: “pues sí porque soñaba que por la calle Urgel de Barcelona circulaban unos cuantos leones detrás de mí que me iban a comer”. Dice que no tiene la cabeza de jubilado, aunque lo esté desde hace un par de años, “será porque desde entonces me puse a escribir como un loco” y que, si volviera a nacer le gustaría ser “Paul McCartney o John Lennon, porque creo que los dos han hecho algo excelente por la humanidad”.

La Razón

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