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Santeros y chamanes

El virus del Ébola sigue matando sin piedad en África. Solo lo hace allí y parece improbable que se expanda fuera de ese continente, sobre todo porque tendría que enfrentarse a un protocolo de países ricos, donde las almas privilegiadas se encuentran a salvo de infinidad de males que aún asolan las tierras africanas. No es raro que tantos hombres y mujeres persigan pertenecer a este lado del mundo, por más que no sea el Paraíso. Comparado con su día a día de miseria y riesgos, ahora frente al Ébola, pero siempre frente a tantas enfermedades, que en nuestro universo feliz se erradicaron hace ya mucho, saben que, el peor de los escenarios entre nosotros, sería el mejor de los suyos. Tan grande es el desamparo que, ahora, en medio de este torbellino de muerte provocada por el Ébola, sin nada real a lo que aferrarse, a merced de su buena o mala suerte, son muchos los que recurren a santeros y chamanes esperando el milagro de que no les toque a ellos. Por desgracia –una más- las recomendaciones de tales ritualistas no solo no les están ayudando sino que, en muchas ocasiones, están contribuyendo a que el virus se propague entre ellos. Pero ¿quién no bebería agua con sal o besaría a su hermano muerto, si la promesa fuera librarse de la máxima amenaza que se cierne sobre él? Desde los países desarrollados y afortunados donde miramos lo que sucede con gafas de sol, nos parece impensable que no se atiendan las recomendaciones sanitarias, que no haya protocolos o que alguien deje su vida en manos de personajes mágicos. Pero ¿acaso ellos tienen otra alternativa? La respuesta es obvia.

La Razón

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