Este es el verano de los niños. Pero no de los que comen helados y ríen felices mientras persiguen a sus perros, sino de esos otros, desafortunados, que conviven con el miedo de las bombas y los disparos de sus mayores. En sus caritas ensangrentadas, en sus lagrimas de miedo e incomprensión se escribe la vergüenza del mundo. La de todos nosotros que pasamos por la vida, desde el otro lado, viendo sus fotos en los periódicos, escuchando sus gritos en los informativos y diciendo, simplemente “¡que horror!”.
Muchos de estos niños, los de los campos de refugiados de Siria, los de Gaza o los iraquíes pierden la razón y la esperanza en estas guerras crueles en las que tantas veces van viendo morir a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos o incluso los matan ellos si alguien les coloca un arma en las manos y les obliga a apretar el gatillo. Y todos ellos son, aunque a veces lo olvidemos, tan niños como los nuestros. Con el mismo corazón, las mismos anhelos y los mismos sueños. Niños que podrían llegar a ser, tal vez, si tuvieran la oportunidad, científicos eminentes que salvaran el mundo, magníficos artistas que nos emocionaran o deportistas extraordinarios que nos dejaran boquiabiertos. Niños que, sencillamente, podrían llegar a ser mayores. Niños a los que les debemos unas vidas que, casi con total seguridad, no llegaran a vivir.
Los niños de estas guerras, como los de todas las guerras del mundo, deberían tocarnos el corazón, movernos el alma e invitarnos a tomar una resolución contra los mayores que las organizan, que disparan, que torturan y que matan cada día y sin piedad. Pero lo único que hacemos es aplaudir la barbarie, tiro a tiro, como si se tratara de una película, mientras nos tapamos los ojos con las manos abiertas, para no dejar de ver y no dejar de ser testigos de excepción Hace unos días me llegó a twitter la foto de una niña iraquí en un orfanato. Había dibujado con una tiza a su madre. Luego se había quitado los zapatos con cuidado y había entrado dentro del dibujo para dormirse en él hecha un ovillo. Era una niña de la guerra, una huérfana más, que podía ser de allí o de cualquier otra guerra. Una niña sin madre, sin familia, sin futuro y sin esperanzas que, muy probablemente, ni siquiera llegará a ser mayor.
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