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Vacunar a adolescentes y jóvenes

Pensábamos que con el anuncio de la retirada de las mascarillas en los espacios abiertos y a distancia prudencial, todo se habría terminado. Sin embargo, los macrobrotes de los estudiantes en sus viajes de fin de estudios a las Islas Baleares han evidenciado que esto aún no ha concluido y que, aunque la vacunación continúe su curso, esas terrazas ya llenas de visitantes o la plaza mayor por fin de nuevo concurrida y repleta de sonrisas no implica que la situación esté bajo control. Es verdad que ahora la gravedad del virus parece menor, que las UCIS ya no se desbordan y que las vacunas ofrecen cierta tranquilidad, pero este contagio generalizado entre los jóvenes lleva a pensar que, quizás, los tramos de edad de las vacunaciones no deberían haberse priorizado como se ha hecho. ¿No hubiera sido más sensato, después de poner a salvo a los mayores ir directamente a la franja de 16 a 26 donde parece que más se extiende el foco de contagio? ¿Qué sentido tiene que tengan que vacunarse primero los de 30 y 40, cuando, en realidad, los jovenzuelos parecen acusar más o menos lo mismo la enfermedad, pero la contagian, sin duda, mucho menos?

Una tiene la extraña sensación de que los políticos, en su ansia por seguir la línea de lo políticamente correcto no se plantean siquiera, que la imaginación le viene bien a la vida cotidiana y también a la su actividad y que realmente es preciso pensar y repensar las cosas más allá de sus órdenes cronológicos. Todos sabemos que los botellones y las fiestas tienen distintas edades, desde luego que sí; pero también que entre esa segunda adolescencia y la primera juventud, en ese lugar donde se empieza a soñar distinto y a elegir con consciencia, es donde casi es obligatoria la transgresión de algunas normas. Máxime después de tantos meses de contención, difíciles para todos, pero casi imposibles para ellos, con sus hormonas galopantes y desatadas y sus ganas de empezar a vivir su primera independencia. La covid nos ha cercado a todos, pero a los adolescentes y jóvenes, mucho más. Y convendría que las autoridades, que tienen tantos asesores y otros seres pensantes alrededor -que tanto nos cuestan a todos- se plantearan que es muy difícil aplacar las ansias de vivir que emergen a determinada edad, cuando todo se anda descubriendo. La vacunación de los que se exponen más -se contagian más entre ellos y al final acaban poniendo en riesgo a todos- debería contemplarse ya. Sobre todo, porque se puede encerrar a unos cuantos jóvenes en un hotel mallorquín, pero a menos que se cierren las puertas al campo, el resto se repartirán entre conciertos, fiestas y resto de algarabía y se contagiarán y contagiarán…

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