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Puro amor

Publicado en La Razón

“Resulta innegable que hay vidas que resultan imposibles de vivir, e incluso de acompañar a vivir”

No hay peor dolor que el de ver sufrir a un ser querido. Más aún cuando se trata de un dolor sin remedio que inhabilita por completo e incluso puede llegar a robar la dignidad. Es difícil ponerse en la piel de quien decide morir porque no soporta más lo que le ha tocado en este mundo inclemente. Y también lo es calzarse las botas de la persona que, amando profundamente a quien ya no quiere vivir más, se presta a concederle la gracia de la muerte.

Sea Dios o la naturaleza quien establezca las normas, es innegable que hay vidas que resultan imposibles de vivir e incluso de acompañar a vivir. En nuestra historia reciente tenemos un caso que zarandeó los principios morales de nuestra sociedad: El de Ramón Sampedro. Llegó a convertirse en película premiadísima, y casi conmovió más a los españoles interpretada por Javier Bardem y Belén Rueda, que por los verdaderos protagonistas.

Solo el cine consiguió que muchos sintiéramos esa empatía necesaria para comprender las ganas de morir de un ser humano y la ayuda de una persona que lo adora, pese al posible castigo. Entre las contradicciones que el suicidio, por atípico, no conllevara pena ni en el intento fallido, pero la colaboración, sí. Simenon decía que “un asesino es cualquiera de nosotros antes de cometerlo”.

Sin llegar a tanto, ¿no podríamos vernos cualquiera en la situación de querer morir o de desear ayudar a morir? ¿Recuerdan cuando el marido de María José Carrasco ayudó a su mujer, enferma de esclerosis múltiple, a marcharse con el corazón encogido? Con la Ley de Eutanasia se ha retirado la acusación contra él, y me alegro porque aunque no sirva de consuelo a su soledad, certificará su puro amor.

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