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El suicidio

Publicado en La Razón

De entre todas las palabras tabúes que no nos atrevemos a pronunciar en una sociedad como la nuestra (cáncer, compromiso, vejez, miedo…) hay una que está por encima de todas las demás: Suicidio. Ya cuando yo estudiaba en la universidad se nos instaba a no mencionarlo, no fuera a ser que, poniéndolo en la conversación, acabáramos normalizando y se multiplicara sin remedio.

El suicidio. Esa cosa tan terrible con la que se le robaba el regalo de la vida al mismísimo Dios. Pues es que la vida, a veces, es una mierda. Como lo leen. Aquí y en Tombuctú. O probablemente incluso más allí donde cuesta aún más trabajo comer y alimentar a los seres queridos, pero también aquí, donde la soledad puede caer como una losa, donde la inseguridad no está bien vista y donde también hay que ocultar las miserias detrás de las sonrisas para que no salgan en redes sociales como Instagram. Si no te muestras feliz y brillas y tienes muchos éxitos y todo el mundo te celebra y te aplaude eres un paria. Por eso nos inventamos luces donde anidan las sombras y nos construimos un espejismo.

Verónica Forqué vivía en uno. Muchos sabíamos que desde su separación no era la misma y que la muerte de su hermano le arrebató las pocas ganas que le quedaban de vivir; pero no le dábamos importancia. Pensábamos que tal vez si le hacíamos ver lo maravillosa que era y la suerte que tenía por serlo se le olvidaría la pena. O simplemente estábamos a nuestras propias tragedias. Grandes, pequeñas y hasta irreversibles. Somos legión los que hemos pensado en el suicidio alguna vez. Yo recuerdo un momento de mi vida en el que me hubiera tirado por la ventana. Tampoco olvido que no lo hice porque me dieron la mano…

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