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Mi reino por un test de antígenos

Publicado en La Razón

Los test de antígenos fallan». «Que sí». «Que no». «Que caiga un chaparrón». «Que se rompan tus cristales y los míos no…» Si mezclamos la canción infantil con los test de antígenos y las dudas nos sale un cóctel de egoísmo y falta de previsión. Somos muy solidarios cuando la tragedia es ajena, pero si nos toca, queremos salvarnos primero. Tener vacuna, test y la madre del cordero nos convierte en personas más gratas, por eso hay que buscar el último (se supone que la primera la tenemos en sus dosis correspondientes, porque solo los negacionistas no se hacen tests -FALSO-), donde sea. En las farmacias no quedan. La pregunta es, si yo vi venir hace tiempo este disparate de «salvados por el test de antígenos» (tengo tests para los míos), ¿cómo no lo intuyeron los políticos? Es cierto que todos los vaticinios han fallado: ni las vacunas aseguran la inmunidad, ni el coronavirus se pasa solo una vez o dos… Pero también es verdad que no escuchamos a los que saben: el virus cada vez es más contagioso, pero también más débil y menos peligroso. Ómicron nos deja sin Navidad o la vuelve covideña y no tan feliz; pero mata infinitamente menos que sus variedades hermanas y, según prestigiosos científicos, es el preludio de lo que vendrá: un mundo moderno, con virus modernos a los que acostumbrarse, que afectarán a quienes tengan factores de riesgo, pero que, para el resto, serán parte de la vida. Se puede morir de todo. Hasta de hipo. Pero también de miedo. Y eso es lo que nos está pasando. Y tiene que ver con el desorden, con que nos cuenten todo a medias, se tomen medidas a medias y no haya ni la mitad de los tests que nos tranquilizarían en Navidad.

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