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Un poco de periodismo crítico

A punto de acabar el año, cercados por el Ómicron, el miedo y la incertidumbre, es el momento de hacerse preguntas pertinentes y de levantar la cabeza y hacer periodismo crítico. Levantar la cabeza no es ser negacionista. Hacer periodismo crítico tampoco. Es salir del aborregamiento generalizado, de unas normas impuestas que parecen ser incuestionables y que, sin embargo, resultan deslumbrantemente estúpidas. A saber. Más allá de que el asunto de la multiplicación de contagios tenga que ver, sí, con la nueva variante, pero también con los cientos de miles de tests a disposición, por fin, de la población y no solo de los profesionales de la medicina, hay demasiados aspectos de esta situación “alarmante” que nos chirrían. En “primero de pandemia”, lo recordarán, Isabel Díaz Ayuso propuso unos carnets para aquellos que hubieran pasado el virus y la pusieron a caldo. Pero la realidad es que los que lo pasaron, aunque puedan volver a infectarse, como con casi cualquier otro virus, guardan en sus linfocitos T y en las células NK ese recuerdo para saber combatir a la covid y a sus hermanas. O al menos eso es lo que se publicó en la revista “Nature”. Y curiosamente, eso es lo que parece que no consiguen hacer las vacunas, que no son más que mamparas de protección temporal, que hay que ir renovando ¿Constantemente? ¿Hasta cuándo? ¿Y de verdad que no tienen ningún riesgo, pese a la premura en su utilización y a que nos sigamos inoculando dosis cada poco? Si estas vacunas, al menos nos inmunizaran y nos aseguraran la desaparición de los contagios y la gravedad, tendría sentido pero… ¿Mezclar vacunas distintas, espaciar cada vez menos las repeticiones de las mismas e incluso recomendarlas a los niños que tienen inmunidad natural? ¿Y son esas mismas vacunas tan poco efectivas las que nos van a proporcionar ese pase para la normalidad? Además de que la población mundial tenga ya un QR con todos sus datos resulte inquietante es que, desde el principio de este horror, hemos recibido informaciones a medias. Todos. Incluidos los periodistas. Los gobernantes se han erigido en lo que no son. Y no son quiénes para ocultarnos nada a los ciudadanos, que somos los que les hemos puesto ahí. Por eso muchos nos rebelamos. Porque tanto tiempo después de que el virus entrara en acción —una eternidad por los acontecimientos—, estamos todos hartos de mentiras y de medidas sin solvencia y sin razones de peso. ¿A qué viene tanto temor a una variedad del covid más contagiosa pero de mucha menor gravedad? ¿A qué tanto pánico de cara al futuro, si los expertos aseguran que lo que nos espera son cepas cada vez menos peligrosas? ¿Quién es el interesado en que las estadísticas sigan abriendo los telediarios y en que viviamos atrapados en esta red de inseguridad perpetua?

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