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Intimidad

Publicado en La Razón

Desde que el pasado fin de semana se filtrara un vídeo sexual de Santi Millán (artista admirado y amigo querido), las redes se han llenado de vouyeristas, y de jueces de moralidad extrema, dispuestos a exhibir y condenar los pecados de otros. Sorprende por varias razones. La primera de ellas, porque a estas alturas y después del caso de Olvido Hormigos, con sus fatales consecuencias, la ley se endureció para proteger la intimidad, tantas veces vulnerada a través de las redes, y quien más y quien menos debería saber que, aunque «ver» no es delito, hacer público cualquier vídeo privado de otro (aunque sea a un cercano) sí lo es y puede conllevar hasta penas cárcel. Años después del episodio «Hormigos», en 2019, tuvo lugar el suicidio de una empleada de Iveco tras viralizarse en la empresa un vídeo sexual suyo. Eso significa que, además del castigo que pueda costar hacer pública la intimidad de otro, puede acarrear llevar sobre la conciencia que alguien se quite la vida. Pero claro, yo que me dedico al género negro e investigo trastiendas, estoy cansada de comprobar la cantidad de miserias y bellaquerías que existen tras fachadas impolutas y la falta de conciencia de tantos supuestos cumplidores estrictos del orden social y la moral establecidos, que siempre son los primeros en pedir a los otros que se arrodillen sobre la arena para apedrearlos sin piedad. Que un robo de la intimidad de cualquiera, famoso o no, se convierta en noticia, en trending topic, y genere juicios e insultos refleja la realidad de una sociedad mentirosa, hipócrita, cotilla y tan puritana como para seguir poniendo la moral por encima de la maldad. Porque exhibir y comentar la intimidad ajena, es delito y es maldad.

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