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Las faltas del amor

Siempre digo que no hay faltas que me inspiren más indulgencia que las del amor. Y más cuando están condicionadas por el ojo público. Amar no es fácil. Y menos aún si hay que hacerlo a la vista de todos. Sé que habrá muchos que piensen que si a Tamara Falcó, guapa, rica, con suerte y con un universo de placeres que pocos se pueden permitir, le toca una pena de amor, pues mira, que se fastidie. Pero ella como cualquiera de los que lee estas líneas, como quien las escribe, en el amor no es nada más que un ser indefenso. “Miedo, de ti, quererte es el más alto riesgo (…)” escribió Pedro Salinas.

En el amor, de nada sirven las armas, ni los privilegios. Las almas se quedan solas ante el peligro de amar. No he seguido los avatares amorosos de Tamara Falcó, pero si algo sé es que, aunque muchos hayan advertido a la hija de Isabel Preysler respecto a los defectos, presuntamente congénitos de su amado, el amor es prueba/error y quien ama ha de descubrir por sí mismo dónde esta su frontera, su ley de compensaciones.

Me entristece profundamente ver cómo el mundo entero opina respecto a si ella ha de abandonar a su amor; sobre si debe de perdonarlo o ajusticiarlo. Me abochorna hasta el escándalo que unos y otros condenen “a muerte” por un beso de festival de música donde el mundo se vuelve del revés y las cosas son del todo distintas a las cotidianas.

También que muchos le pidan que renuncie a su amor por dignidad. ¿Dónde está la dignidad del amor? Y sobre todo ¿Por qué es tan fácil verla desde la barrera? No sé qué le deparará el destino a esta pareja. Ni si seguirán juntos o se separarán para siempre tras este episodio agrandado por los focos mediáticos. Pero lo que hagan o no, debería depender, tan solo, de su corazón. “Te quiero pese a tus defectos y mis reproches”, decía Oscar Wilde. Y solo la manera de querer puede determinar las faltas que son soportables o no y cuáles son las desaprobaciones con fundamento.

La vida es una ley de compensaciones. Y aunque está claro que todo cambia cuando uno vive en el escaparate, donde hasta las minucias multiplican su tamaño, cualquier persona que ame tendría que pensar que la mirada de los otros no puede determinar las condiciones de su amor. Ni iniciarlo ni acabarlo.

Sea un amor bueno, malo o regular. Un amor fugaz o eterno. Un amor para los siguientes quince minutos o para toda la vida… A veces, los amores “más probados”, los que se piensa que jamás se acabarán son los que menos duran. Y, en todo caso, lo que duren o no es lo de menos. Lo de más, la huella que dejen en el corazón y en el recuerdo, a veces más importante y más bella que el propio amor.

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