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El Danubio, los seres humanos y los mamuts

Publicado en La Razón

«¿Nos tendremos que acostumbrar en tiempos venideros a contemplar cauces secos y muertos?»

El Danubio, durante siglos arteria vital del continente, se seca. El segundo río más largo y caudaloso de Europa nace en la Selva Negra alemana, atraviesa diez países y desemboca en el mar negro, después de recorrer 2.900 kilómetros. Durante siglos ha visto pasar imperios, guerras y civilizaciones y ha ido albergando en sus tripas retazos de historia, que ahora van quedando poco a poco al descubierto. En su cauce aparecen barcos hundidos de la Segunda Guerra Mundial en Serbia, proyectiles antiguos en Hungría o restos de mamuts de la Edad de Hielo en Bulgaria. Son páginas ocultas de nuestra propia evolución, que resulta emocionante contemplar. También inquietante. Cada nuevo y fascinante hallazgo nos habla de un tiempo muy diferente al actual y nos recuerda que una sequía extrema, alimentada por temperaturas insoportables y alteraciones innegables del clima, puede acabar con el mundo que conocemos. No solo ocurre con el Danubio. En los últimos años, grandes ríos como el Rin, el Po, el Yangtse, el Mississippi o el Amazonas también han sufrido descensos históricos de su caudal. Y cuando los grandes ríos enferman, todo enferma y hasta muere: la agricultura pierde agua, la navegación se dificulta o extingue, la producción de energía hidroeléctrica disminuye y los ecosistemas quedan al borde del colapso. Los pueblos siempre se asentaron junto a los ríos, porque el agua es vida. Y no es que el planeta haya perdido su agua, pero el calentamiento global la está redistribuyendo a su antojo. Donde antes llovía a mares, ahora apenas cae agua y viceversa. Las sequías cada vez son más largas, las inundaciones más intensas y los ciclos naturales más impredecibles. Tal vez los ríos nos están mandando un mensaje de socorro. O quizás de advertencia. Lo que emerge de sus lechos no solo son restos de nuestro pasado sino una muestra de lo que podía ser nuestro futuro si seguimos ignorando las señales. ¿Nos tendremos que acostumbrar en tiempos venideros a contemplar cauces secos y muertos? Cuando los ríos dejan de correr con normalidad, cambian los paisajes y las condiciones de vida, pero además nos recuerdan lo frágiles y efímeros que somos los seres vivos. Da igual que seamos pequeños humanos o enormes y poderosos mamuts: nuestro tiempo siempre es limitado y lo decide la naturaleza.

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