Publicado en La Razón
«No es que nos hayamos vuelto deliberadamente crueles, es que necesitamos anestesiarnos para poder continuar»
Hace seis años solíamos hacer planes a largo plazo, sin añadir el ahora habitual «si no pasa nada». A partir de 2020, se nos quebró la normalidad y comenzamos a vivir esperando que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas, como Abraracurcix, el jefe de la aldea gala de Astérix, solo que en nuestro caso, sin poción mágica para enfrentarnos, no a los romanos, sino a una pandemia, un confinamiento, una Dana, un apagón, un accidente ferroviario, el mayor incendio de la historia de España, el ataque a la frontera de Ceuta y la crisis de la vivienda, que desde hace tanto sobrevuela nuestra democracia. Y eso sin mencionar la guerra de Ucrania, el ataque de Hamás a Israel, la guerra de Gaza o la invasión de Irán… Entre una catástrofe y otra, apenas nos queda ya tiempo para recuperarnos y es preocupante, sobre todo por lo que nos está haciendo por dentro. Vivimos en la provisionalidad permanente, pendientes de la próxima mala noticia. Antes, cada crisis nos paralizaba e incluso, si nosotros no éramos los protagonistas de la misma, nos conmovía. Ahora nuestra normalidad es no asombrarnos más que unos instantes ante cualquier acontecimiento inesperado por mucho que nos afecte; los mismos que tardamos en dejar de prestarles atención en nuestras pantallas y deslizarlas para acceder a la siguiente información. No es que nos hayamos vuelto deliberadamente crueles, es que necesitamos anestesiarnos para poder continuar. Las tragedias que suceden lejos siempre nos dolieron menos, pero ahora que vivimos en un mundo global, solo las consideramos si nos afectan y, si no nos tocan, raras veces les dedicamos un segundo de empatía. Podría caber dentro de lo lógico y esperable. Tenemos que sobrevivir entre tanto desastre y para ello necesitamos protegernos. Pero hay un problema con el que no contábamos: estamos tan fatigados emocionalmente que empezamos a ser inmunes incluso a lo que nos afecta de verdad. Por eso, aunque sepa que de todo sacan rédito los políticos –en vez de cumplir con su obligación de construir vivienda pública y dejarla en el ámbito de lo público, siempre, incluso en su venta, que jamás debería ser especulativa, y no obstruir con burocracia la construcción de vivienda privada–, me alegra que jóvenes y mayores hayan vuelto a salir a la calle. Ojalá sirva de algo.
