Publicado en La Razón
La escritora Marta Robles recorre más de cien años del pasado de España en «El anillo de Eloísa», el retrato de una saga familiar que esconde un secreto y que ha merecido el Premio Ateneo de Sevilla. Reproducimos el primer capítulo de la novela

Mi bisabuela Eloísa murió en su casa de la calle Valenzuela, siete años antes de aquel verano de 1980 que pasé en el Ferrol del Caudillo, donde comienzan los recuerdos de mi primera juventud. Ese día, mi tía Elo, su hija, me entregó el anillo de su madre. Siete años más tarde, en Ferrol, me recordó la importancia de esa joya. No me desveló su historia hasta el día de su propia muerte, veinticinco años después.
Las aldabas de latón que adornaban los pesados portones del imponente edificio decimonónico refulgían a la luz del tibio sol de octubre. Empujé uno de ellos con decisión y, una vez dentro, ascendí a pie por la antigua escalera del inmueble, escuchando el crujir quejumbroso de la madera noble y brillante. Al llegar al sexto piso, me detuve ante la robusta puerta principal, con su mirilla grande y enrejada, tras la cual, después de llamar al timbre y la correspondiente espera, atisbé, velada por el laborioso trenzado de hierro negro, la mirada recelosa de Balbina. Ella, la fiel compañera de mi bisabuela, quien criara a su prole y la atendiera a lo largo de los noventa y seis años compartidos en aquella casa, donde las dos vivían desde su nacimiento, me revisó durante unos minutos con sus ojos cansados para cerciorarse de mi identidad, y luego me abrió. Si cierro los míos, aún soy capaz de rememorar con rigurosa precisión el pequeño y sombrío recibidor, sin ventanas, y, a su izquierda, el salón grande y luminoso, con cuatro balcones a la calle. En esa única estancia alegre de la vivienda, encastrada en un viejo sillón de orejas y con la mirada fija en el vacío de los recuerdos, permanecía durante todo el día la Bis.
Cada mañana a la misma hora, después de asearla, vestirla y peinar y recoger su larga melena en un sencillo moño de bailarina, Balbina la conducía desde su dormitorio hasta el salón, en la misma silla de ruedas a la que, tres lustros antes, la condenara para siempre un inesperado ictus. La levantaba con una fuerza y soltura impropias de su edad, y la acomodaba en su asiento con una devoción idéntica a la de una hermana.
Desde su poltrona, mi bisabuela dirigía su mirada lánguida a la nada –hacía mucho que sus ojos no servían ni para la lectura ni para las labores– y solo la fijaba en un lugar concreto durante las tres comidas de rigor, o si recibía a alguno de sus nietos o bisnietos.
Cuando la penumbra se colaba sigilosa por las ventanas y desaparecía la luz natural, Balbina la devolvía a su silla y la empujaba de nuevo desde ese espacio abarrotado por objetos atesorados a lo largo de toda una vida hasta su austero dormitorio. Allí no había más decoración que la de una cama de madera, estilo Luis XVI, a juego con dos mesillas de noche, sobre las que descansaban sendas lamparitas doradas, con las pantallas de seda plisada. Sobre la de la izquierda, se apoyaba también, justo al lado de un rosario de madera de palosanto, un sobrio marco de plata maciza, con una antigua foto amarillenta. En ella aparecían los dos hijos de la Bis –mi abuelo Aurelio y la tía Elo–, agarrados de la mano de su padre, el prestigioso notario Ernesto Gutiérrez de Cabiria, marqués de las Altas Torres, fallecido un año antes del accidente cerebral de su esposa, Eloísa Montenegro de Quirós, condesa de los Pinos Verdes, a causa de una extraña enfermedad degenerativa a la que aún no se le había puesto nombre.
Al otro lado del recibidor, frente al salón, se ubicaba una lóbrega sala de estar, cuyo pequeño ventanuco al patio interior se mantenía cuidadosamente oculto tras unos gruesos cortinones adamascados que jamás se descorrían. La habitación, tenebrosa de por sí, resultaba aún más tétrica al estar presidida por una aterradora virgen dolorosa de proporciones humanas, encerrada en una enorme urna de cristal, ante la que la tía Elo imponía rezar un Avemaría al finalizar cada visita.
Estaba convencida de que aquel día me ahorraría la plegaria de rigor a esa virgen siniestra, que lloraba lágrimas de sangre y me provocaba auténtico pavor, porque la tía Elo había elegido reunirse en el cuarto que la albergaba con media docena de amigas de toda la vida. Ignoraba que sería el del fallecimiento de la Bis y que su muerte pondría la casa patas arriba, y a mí, a rezar a la Virgen, no solo la acostumbrada Avemaría, sino todas las oraciones que me habían enseñado en el colegio.
Antes de que la desgracia aconteciese, no hubo una sola vez, de las muchísimas que visité a mi bisabuela Eloísa, en la que no me sintiera dichosa compartiendo palabras y silencios con ella. Adoraba a esa anciana pulcra y bondadosa, capaz de sorprenderme relatándome episodios familiares cotidianos, que en la distancia inmensa de la edad se me antojaban extraordinarios y me arrancaban sonoras carcajadas. Como aquel de cuando perseguía a mi madre y a mi tía, de adolescentes, levantándoles las faldas antes de salir de casa.
–¿Os habéis cambiado de bragas? –contaba que les preguntaba–. ¡Una señorita siempre ha de llevar la ropa interior bien limpia, por lo que pueda pasar!
–Por si se cae de la burra –apostillaba Balbina entre dientes, con gesto adusto y voz aguardentosa, mientras yo me desternillaba de la risa y ambas disfrutaban de mi alegría infantil.
Adoraba esas anécdotas inocentes y simplonas, aderezadas con unas gotas de picardía, que me narraba la Bis, y yo le rogaba que repitiera una y otra vez; más todavía permanecer junto a ella, sin hablar, admirando su pelo blanco e inmaculado, sus pacíficos ojos grises y aquellas manos largas y huesudas, sin una sola mancha, que parecían pertenecer a una mujer mucho más joven.
Toda la paz que me daba la Bis me la quitaba Balbina cuando recorría el interminable pasillo que atravesaba el resto de la casa en una oscuridad casi total. Las puertas de las numerosas alcobas orientadas al patio de luces se iban sucediendo mientras aquella mujer inquietante avanzaba con paso lento y parsimonioso, y se aseguraba de que todas estuvieran bien cerradas. No lo hacía porque fuera un ser de la noche, como yo presumía al escuchar el frufrú de las enaguas almidonadas bajo su larga falda hasta los tobillos cuando caminaba como un fantasma por el corredor, sino porque pertenecía a otro tiempo y estaba convencida de que la luz estropeaba todas las cosas.
Pobre Balbina, me espantaba que se empeñara en despedirme con un beso, tras dibujar en su cara una sonrisa de pocos dientes e incontables arrugas, que, como poco, duplicaban las de mi bisabuela Eloísa. Su rostro era tan circunspecto y tan de cansancio que siempre supuse que sería mucho mayor que la Bis; sin embargo, cuando, al poco de morir ella, falleció también Balbina, creo que de pena y de soledad, escuché decir a la tía Elo que ambas contaban exactamente los mismos años, por más que Balbina hubiera estado en pie y trabajando hasta que exhaló su último aliento, y mi bisabuela, con la movilidad reducida, apenas se hubiese levantado de su sillón de orejas en los últimos quince de su vida.
No olvidaré nunca el día que se marchitó a mi lado, como una flor sin riego. Tampoco las infinitas tonalidades otoñales de los preciosos castaños de Indias del parque del Retiro. Los contemplaba extasiada desde uno de los balcones del salón, cuando oí un gemidito levísimo en el interior y, extrañada, volví la cara para averiguar de dónde provenía. Fue entonces cuando descubrí que la habitual palidez del rostro de mi bisabuela se había multiplicado.
Me acerqué a ella, cautelosa, sobrecogida por esa lividez implacable que aún desconocía que provocaba la muerte y comprobé que no respiraba. El amor y la cercanía impidieron que me asustara en exceso, pese a ser la primera vez que veía un cadáver, pero no me atreví a cerrarle los ojos y abandoné la estancia, a toda velocidad, presa de la urgencia de informar a mis mayores de la triste noticia.
Ya en el recibidor, dudé a dónde dirigirme. ¿Debía correr al cuarto de la virgen, repleto de señoras charlatanas, y avisar a la tía Elo? ¿O lanzarme al oscuro pasillo para alcanzar la cocina y decírselo antes a Balbina? Por suerte, en medio de mi indecisión, se abrió la puerta de uno de aquellos cuartos eternamente clausurados y salió de él, como una aparición, el tío Armando, segundo marido de la tía Elo y uno de los hombres más buenos de entre los buenos. Le conté la desgracia con un hilito de voz y la mirada humedecida; tras escucharme con atención, me agarró de la mano, comprensivo, y, sin soltármela, entreabrió la puerta de la habitación contigua y asomó la cabeza. Al ver el gesto atribulado de mi tío, a la tía Elo no le hicieron falta palabras. Se levantó de un salto, atravesó corriendo el cuarto de estar y el recibidor, y, ya en el salón, se abrazó a su madre muerta con un llanto quedo y tranquilo. Yo las miraba de reojo desde una prudente distancia, apretando la mano del tío Armando y sintiendo que el desconsuelo me encogía el corazón, cuando la tía Elo alzó la cabeza, me buscó con la mirada y me hizo una seña para que me aproximara a ellas. Solté despacito la mano de mi tío y me acerqué como me indicaba.
–Tú, que llevas nuestro nombre y que has sido la última persona que la ha visto con vida, eres quien debe quedarse con su anillo –me dijo, muy seria, al tiempo que sacaba del dedo anular de la muerta, con cierta dificultad, una sortija de oro y piedras, y me la colocaba a mí en el índice–. Ahora te está grande, Eloísa, pero, en cuanto te sea posible, deberás llevarlo siempre, como hizo ella. Es muy importante. Este anillo encierra la historia de nuestra familia.
Miré la joya con curiosidad y me la cambié del dedo índice al pulgar para que no se me cayera. Tal vez ese anillo evitaría que el paso del tiempo me arrancara de la memoria a aquella anciana recién fallecida a la que tanto amaba, nacida en esa misma casa y el mismo día que la inefable Balbina, que acababa de aparecer en el salón y miraba con incredulidad el cuerpo exánime de la mujer con la que había compartido su vida entera.
La tía Elo, pensando que acusaría demasiado la impresión de estar tanto rato al lado de mi bisabuela difunta, decidió aliviarme de la pesada carga de acompañarla, mandándome, ay, a rezar a la Dolorosa cuantas oraciones me supiera, en tanto se producía el trajín de idas y venidas que desencadenan todas las muertes.
