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Marta Robles, periodista y escritora: «Me he saltado las reglas de los cánones clásicos de la novela negra»

La periodista y escritora Mara RoblesLa periodista y escritora Mara Robles

La autora aborda en «Amada Carlota» el tema de los bebés robados y de los abusos en la universidad

Con Amada Carlota, la periodista y escritora Marta Robles (Madrid, 1963) vuelve a retomar el personaje del detective Roures, en lo que es su cuarta aventura, mientras que «la jueza Carlota tiene una especie de spin-off. La jueza Carlota Aguado aparece en dos novelas más, pero en esta ocasión se convierte casi en protagonista», señala

—¿Cómo ha sido reencontrarse con estos personajes?

—Me gusta mucho cogerme de la mano de Roures. Siempre digo que, aunque es un tipo que fuma, que tiene migrañas, que tiene algunos arrepentimientos del pasado y algunos recuerdos tortuosos por su pasado como corresponsal de guerra, que le marcaron muchísimo y en los que no siempre actuó como hubiese querido, es un tipo al que le importa lo que le sucede a los demás, es empático y, además de ser empático y de saber escuchar y de ser un tipo culto, que le pone la música adecuada a cada momento, resulta que es adicto a la lealtad, así que me encuentro muy a gusto cogida de su mano.

—Cuando se lleva cuatro novelas con este personaje, ¿es más difícil encontrar, por así llamarlas, aventuras nuevas?

—Por una parte, piensas si «a ver si logro que esta aventura sea tan emocionante como la anterior» y, por otra, el hecho de conocer tan bien al personaje te permite diferentes reflexiones, llevarlo a distintos espacios. Sí que es verdad que de todos los personajes que aparecen en mis novelas me lo sé todo, hasta el lado de la cama en que duermo. Cada vez que incorporo algún pequeño detalle en Roures hace que mi visión se amplíe, hace que pueda tener distintos matices en cada una de las novelas y eso, de alguna manera, también te ayuda.

—Uno de los temas que aborda en «Amada Carlota» es el de los bebés robados, ¿no?

—Siempre digo que las dos líneas de investigación de Roures en esta novela son, por una parte, los bebés robados y, por otra, los abusos en la universidad. Son casi una excusa para hablar de los silencios de las mujeres, de como hemos estado cayadas prácticamente a lo largo de toda la historia y como, por desgracia, seguimos calladas en el siglo XXI y después del «me too». Pero es verdad que hablar de los bebés robados me ha estremecido especialmente, no solamente porque me haya retrotraído a ese momento de la historia tan tortuoso que es el de la dictadura franquista, sino por saber que ese hecho tan terrorífico sucedió en esos tiempos y también en democracia. Si en los primeros tiempos estaba amparado por la supremacía ideológica, por la supremacía moral, en la democracia por el puro negocio. Tanto una cosa como la otra me provoca mucha angustia.

—Comentaba también lo de los abusos en la universidad, es algo que sigue estando, por desgracia, de actualidad.

—Tristemente de actualidad. Es algo que ha sucedido antes y ahora. Pensar que estamos en el siglo XXI, después del «Me too», que ahora tenemos derechos, que las cosas han cambiado y que seguimos calladas y esgrimiendo los mismos argumentos que las mujeres de la dictadura, que no tenían derechos, que tenían que vivir en las apariencias, que había una Sección Femenina que las controlaba… Y resulta que ahora cuando les preguntan a estas mujeres de 60 años, que han estado calladas veinte años en democracia sufriendo malos tratos, dicen lo mismo. «¿Por qué no lo contasteis?» «Porque nadie me iba a creer». «Porque no tenía recursos económicos». «Por mis hijos». «Por mi situación». «Porque, a lo mejor, yo habré hecho algo». Ese tema de la culpa que siempre está en el lugar equivocado.

La periodista y escritora Marta RoblesLa periodista y escritora Marta RoblesGonzalo Pérez Mata

—Y la complicidad de muchos hombres que callan.

—Eso por supuesto. La complicidad de muchos hombres y de muchas mujeres, cuidado, que la complicidad en el tema de los abusos no solamente es masculina, a veces también es femenina.

—¿Qué fue lo más complicado de sacar adelante una novela como «Amada Carlota»?

—Esta novela tiene varios retos. El primero, que la línea de investigación principal que tiene que seguir Roures tiene relación con la mujer a la que ama y eso ya supone un riesgo añadido para el propio investigador y para mí también como autora. Y es que al mismo tiempo que estás describiendo las investigaciones, estás describiendo ese entramado de sentimientos. Luego, es una novela en la que me he saltado un poco las reglas de los cánones clásicos de la novela negra. En vez de ser una novela de intriga, es una novela de suspense, una novela que tiene una cierta anticipación a lo Alfred Hitchcock. Convierte al lector en cómplice e, incluso, a veces sabe lo que va a suceder antes que los propios protagonistas. A veces, querría advertirles: «No entres, no entres que ahí está el malo». Eso tiene una cierta complejidad, pero es que esta novela tiene tres espacios temporales. Comienza en el año 85 cuando un coche de lujo va por un lugar determinado de Asturias llevando a una adolescente en avanzado estado de gestación, llega a una clínica clandestina donde alumbra a un bebé que le quitan del regazo a los pocos minutos y ya no lo vuelve a ver nunca. Luego me voy al presente, que yo situó en el 2018 para que no me condicionara la pandemia, donde nos encontramos que la jueza Carlota Aguado le va a pedir a detective Roures que investigue sobre unos asuntos de bebés que le conciernen, pero, además, ahí va a haber mucha maraña de sentimientos porque mantienen una relación sentimental que no atraviesa su mejor momento porque ella le acaba de ser infiel y, además, con una mujer, lo cual a él le ha descabalado por completo. No sabe si es mejor, si es peor y va a iniciar esa investigación un poco tocado. Y nos vamos al tercer espacio temporal, que se sitúa a finales de los años 60 y principios de los 70. Ahí nos vamos a encontrar a una mujer de una extracción social baja que se ha casado con un hombre muy poderoso, afecto al régimen, muy cercano al movimiento. Se ha casado por un tema de conveniencia porque su familia está casi en la miseria y para ayudarles un poco. Al final, se encuentra en una jaula de oro de la que quiere salir, porque se encuentra que no pertenece a ese espacio. Y cuando lo intenta, se va a encontrar con toda suerte de castigos. Se va a quedar atrapada en las apariencias, que es lo que le interesa a su marido, y cuando cierran las puertas de ese domicilio se va a encontrar con todos los horrores habidos y por haber. Hacer tres espacios temporales tiene otra complejidad. Por una parte, es un reto narrativo, pero, por otra, puede suponer un obstáculo para el lector. Tienes que jugar de tal manera que no lo suponga.

—Escuchándola y siendo lector de novela negra, tengo la sensación de que es un género que le permite abordar cuestiones sociales que otros géneros no le permitirían, ¿es así?

— Así es, desde luego. Como lector de novela negra como yo, sabes que el género nace en el Chicago de los años 20 como respuesta casi a una sociedad absolutamente corrupta, donde aparece un héroe perdedor, que es el detective. Ese héroe, absolutamente distinto a los demás, que tiene, yo creo, un poco alma de Quijote porque se quiere saltar las reglas en una sociedad donde no se puede confiar en nadie, ni en la policía, ni en los bomberos, ni en nadie. Él se erige en el justiciero y se salta las normas y las reglas, y se enfrenta a lo que haga falta, molinos, gigantes… o lo que sea para ayudar a los desamparados. Los detectives han ido cambiando mucho a lo largo del tiempo, pero sí que es cierto que, al final, lo que hacen es siempre lo mismo, subrayar algún aspecto social. Aunque esté contado de esa manera más ágil y dinámica propia del género negro, al final está apuntando un tema social, subrayándolo para que el lector pueda reflexionar sobre él y sacar sus propias conclusiones. En general, por lo menos yo, no pretendo adoctrinar, ni evangelizar a nadie, sino poner los asuntos sobre la mesa para que la gente saque sus propias conclusiones.

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