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Los tatuajes de Beckham

Mira tu nombre tatuado, en la caricia de mi piel, a fuego lento lo he marcado y para siempre iré con él… Eso decía la canción, pero si Beckham la cantara tendría que extender la invitación a varios miembros de su familia y después explicarles cómo había complementado sus nombres con innumerables leyendas hasta no dejar ni un centímetro de su piel libre de tinta. Digo yo que, una vez tatuados los más importantes cariños y los más epatantes conceptos existenciales, los adictos al tatuaje, como Beckham, elegirán motivos a los que les deben un recuerdo por alguna circunstancia especial. Un gol, por ejemplo. O una noche compartida con la Obregón, en la cama y sin roce (Ana Obregón dixit)… Una que no entiende la devoción al tatuaje, como tampoco a ninguna otra cosa que dure para siempre obligatoriamente –dicen que quitar los tatuajes con láser duele casi tanto como el mismísimo desamor–, se pregunta qué criterio seguirán quienes se tatúan a la hora de elegir el lugar de cada uno de sus mensajes o dibujos. Porque, claro, si yo fuera la mujer de Beckham, querría al menos que mi nombre y el de mis hijos figurasen en lugar destacado y me mosquearía hasta el infinito si encontraba alguna leyenda o ilustración sin explicación. Dicho todo esto, saber que Beckham está tatuado por todas partes, según la Prensa, hace que sea inevitable la pregunta ¿Pero, del todo, del todo, del todo…? Pues si es así, hijo, qué necesidad, francamente, con lo que debe de doler y lo poco que tiene que hacer gozar.

Lee el artículo completo en La Razón – En clave femenina.

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