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Quien ríe el último

Si Asterix levantara la cabeza, le daría vergüenza pertenecer a un pueblo tan tramposo y envidioso como el francés. El héroe galo que prescindió de la poción mágica para ganar los Juegos Olímpicos en el año 52 antes de Cristo sería incapaz de comprender que, siglos después, sus compatriotas acepten tan mal nuestros éxitos deportivos como para tratar de mermarlos a través de burlas y mentiras. Para desgracia gabacha, en los últimos tiempos ellos no cuentan con muchos héroes entre sus filas y está claro que les cuesta más ganar una competición que hacer parecer a Sarkozy más alto que Carla Bruni.

A lo mejor la pequeña trampa oculta en los zapatos de su presidente les lleva a pensar que en los países de su alrededor hay tanto farsante como en el suyo.  O puede ser que les cueste aceptar no tener apenas más éxitos deportivos que celebrar que los del personaje inventado por Goscinny y Uderzo. Si los franceses tuvieran deportistas de la talla de Rafa Nadal, Casillas o del mismísimo Alberto Contador, ganador del Giro y del Tour en nuestros corazones, por mucho que la Justicia  haya determinado lo contrario, no necesitarían pisotear los éxitos ajenos; pero como no tienen más que ese chauvinismo que ya le queda grande hasta a sus cocineros, a sus quesos y a sus vinos, si se les compara con los nuestros, no les queda más remedio que ahogar su miserable envidia tratando de reírse de nuestros méritos. Como dice el refrán, «quien ríe el último, ríe mejor». Y ya nos tocará a nosotros reírnos de ellos, encima de la bici, en campos de fútbol, de tenis, de baloncesto…

Lee el artículo completo en La Razón – En clave femenina.

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