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El poder de las llamas

Arde todo lo que parece que no puede quemar. Hasta los sentimientos. Pero si bien cuando ellos son pasto de las llamas, casi siempre se celebra (también hay ardientes pasiones que conviven con la culpa) en los casos tangibles se lamenta hasta el duelo. Porque cuando el fuego borra nuestros más preciados recuerdos en segundos y  los  reduce a cenizas en minutos es cuando volvemos a ser conscientes de su fuerza incontrolable. Tal vez porque forma parte de nuestra vida, le hemos perdido un poco el respeto.

Tememos las llamaradas del sol en la distancia y mientras pensamos en la catástrofe que nos puede llegar del universo, nos olvidamos de que la tragedia puede estar mucho más cerca. Escondida en un enchufe, en un cortocircuito, en una colilla mal apagada… El fuego, que tanto les costara a nuestros antepasados prender, y que les otorgara el poder de manera instantánea, se enciende demasiadas veces, sin embargo, cuando menos lo deseamos. Y lo hace con mayor facilidad, en estos tiempos díscolos y perversos  a los que les correspondería esa agua que no llega. Todo arde, sí. Y más en épocas de sequía. Y así estamos ahora nosotros: secos. Y no sólo por la crisis y la deuda, sino también  por la inclemencia del cielo, que no se quiere apiadar de nosotros y enviarnos ese líquido, más preciado que ninguno. No hay previsiones de lluvia. Pero sí de incendios. Es el momento de tomar medidas, de prevenir, de ser cautelosos, de reconsiderar el poder destructor del fuego.… De saber que, por mucho que ni siquiera lo pensemos, es  verdaderamente cierto: Arde todo. Hasta lo que parece que no se puede quemar…

La Razón – El parpadeo

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