Fin de temporada y último OÉ!, así que me voy a poner a reflexionar. Como lo leen. Ni media broma, ni medio chiste, que el asunto es muy serio. ¿Pero de verdad que una final de la Copa del Rey de fútbol entre el Athletic y el Barça puede generar tanto ruido como para que se olviden problemas fundamentales en los días previos y posteriores al encuentro? Que alguien diga que esas dos aficiones tienen miedo a venir a Madrid, tierra de todos, porque son mal recibidas, sí que es de risa. Y que algunos aprovechen los pitidos de cuatro para empañar hasta el concepto de nación de España, un auténtico disparate.
Es cierto que el fútbol hace aflorar todo tipo de pasiones, altas y bajas. Pero que se dejen de mezclar el culo con las témporas o el juego con la política. Sobre todo, porque bien sabemos, como se demostró cuando ganamos el Mundial, que el deporte une e incluso pega como si fuera Loctite. Así que, ¿por qué empeñarse en estropearlo? Lo de si en el País Vasco y en Cataluña quieren selecciones propias hace pensar en lo que les divertiría a ambos equipos tener que enfrentarse con sendos del Granollers y Lekeitio, por ejemplo.
Pero, más allá del rollo nacionalista, muy respetable siempre que no se salga de madre ni se olvide que sobre él tienen opinión los españoles de todas partes, además de catalanes y vascos, habría que preguntarse quién ha sido el genio que ha orquestado los pitidos y otras monsergas y ha conseguido que, durante unos cuantos días, casi nos olvidemos hasta de la prima de riesgo. Si lo que no consiga el fútbol…
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