Ahora que Elsa Punset ha puesto de moda los abrazos, que quedarse enganchado al ser querido durante seis segundos o más no tiene mala prensa y que demostrar los sentimientos parece un patrimonio a resaltar, en vez de lo contrario, casi me siento como si le hubiera ganado una batalla a todos aquellos que evitan siquiera un roce cercano y que sólo lo entienden como preludio de una relación sexual.
Los abrazos, los besos, las demostraciones de calor y de cariño, según Elsa Punset y una servidora, se mantienen en el recuerdo infinitamente más que las relaciones sexuales. Y es más: en multitud de ocasiones no tienen absolutamente nada que ver con ellas. Esto no significa que ya centrados en los vínculos de a dos haya que restarle sus méritos al sexo, pero sí conviene precisar que amar y sentirse amado tiene mucho más que ver con la pasión intelectual que con la puramente carnal, y que sólo en el poso de la complicidad se establece si en ella existe o no amor verdadero. Un amor que, por otro lado, puede darse desde las más diversas correspondencias y ser el más generoso y desinteresado (el amor paterno filial), el más exigente (el de los hijos a los padres), el más permisivo (el de los amigos) o el más posesivo (el de los amantes).
En todas esas formas de amar (en circunstancias normales, todas exentas de sexo, salvo la de los amantes), no sólo caben las demostraciones de cariño, sino que son tan necesarias como el aire para respirar. Algo que, por suerte, ahora que por fin están bien vistas las emociones ya no hace falta negar, ni siquiera disimular.
Back to Blog
