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El uso y la costumbre

Cuando estudié la asignatura de Introducción a las Ciencias Jurídicas, dentro del temario de Periodismo, aprendí que una de las fuentes de la Ley es el uso y la costumbre y al final me he dado cuenta de que, por derivación todo lo es, empezando por el lenguaje. Por mucho que haya una Real Academia que «limpie, fije y dé esplendor», en realidad es la calle la que dicta unas normas que las autoridades lingüísticas, sencillamente, tienen que certificar. Hay a quien le aterra que  palabras como «friki», «canalillo» o «bloguero» formen parte «legalmente» de nuestra lengua, pero hay que reconocer que, al formar parte de nuestra vida, lo absurdo sería lo contrario. Otros consideran que aceptar en el vocabulario palabras como «okupa» supone, más que un reconocimiento del término y de su significado, una aceptación de la circunstancia que describe, según la cual un individuo se cuela en un lugar que no le pertenece, que es de otro. Pero, ¿acaso si se prohibiera la palabra «okupa» desaparecería el problema? Obviamente, no. Y, además, es una estupidez pretender frenar la expansión de una lengua que, al estar viva, va recogiendo todas las situaciones nuevas a través de palabras que también lo son, y que a veces detallan el sonido de una idea, otras recogen casi su olor y en ocasiones, simplemente, españolizan una pronunciación extranjera. Es cierto que hay vocablos más bellos que otros y que los últimos que integrará nuestro diccionario, como «culamen», «gayumbo» o «sociata» no tienen mucha pinta de acabar siendo parte de un exquisito poema. Pero si hay algo que es impredecible es el lenguaje, tanto como la propia vida, que describe palabra a palabra.

La Razón

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