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La distorsión de la inteligencia política

El otro día tuve el placer de entrevistar, una vez más a José Antonio Marina, mi filósofo de cabecera, quien tuvo a bien hablarme, a raíz de la publicación de su último libro «La inteligencia ejecutiva» (Ariel), de cómo está conformada la inteligencia. Escuchar a este grandísimo sabio de nuestro tiempo, siempre es un placer, pero en esta ocasión, su conversación, además de hacerme disfrutar, me hizo reflexionar sobremanera. «¿Por qué le das mas importancia a la inteligencia ejecutiva que a la generadora, que es de donde provienen todas las ideas?», le pregunté. Y el me respondió algo incontestable: «Pues porque la gran función de la inteligencia no es hacer obras de arte, no es sentir? La gran función de la inteligencia es dirigir nuestro comportamiento para resolver los problemas que tenemos». Me sorprendió mucho constatar, tras esta declaración de Marina que, en realidad, yo de siempre, había pensado lo mismo. Por eso siempre he creído que el secreto de la felicidad está, más allá de la propia inteligencia y la brillantez, en la bondad, en el buen comportamiento. Alguien considerará que la bondad es un concepto muy objetivo y que no se puede determinar exactamente qué es lo bueno de verdad y qué es lo que no lo es.

Lee el artículo completo en La Gaceta de Salamanca.

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