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Montserrat Caballé

«Por fortuna, he cantado cuando no iban a la ópera a verte la figura»
– Soprano-

Ayer,  acompañada por su hija Monserrat Martí, la gran Montserrat Caballé cantó para los madrileños. A sus 79 años y con la agenda repleta de contratos, la mejor soprano del mundo encandiló a quienes la esperaban desde hacía más de siete años.  «Si  ésta tiene que ser la última vez –dijo Caballé–, que lo sea, pero con gloria». Tal gloria, como siempre, no le faltó sobre el escenario, pero donde le sobra, fundamentalmente, es en su día a día, en su felicísima vida familiar.

-Ya pensábamos los madrileños que se había olvidado de nosotros y que sólo quería cantar en el Liceo…
-Montserrat Caballé: También vengo a Madrid. Cuando la ópera se hacía en el teatro de la Zarzuela, cada temporada iba allí. ¡Yo canté una cantidad de óperas tremenda! Y luego, también, la primera vez que se hizo ópera en el Real, fue conmigo y con la «Norma» en versión de concierto. Pero era la primera que se hizo después de muchos años de conciertos en el Real y fue muy importante para mí.

-En todo caso, se ha hecho esperar, pero ha cosechado un gran éxito. Enhorabuena por él y  también por el más duradero de su vida: su matrimonio. ¿Cuántos años lleva casada?
-M. C.: (Sonríe) Casi 48. Desde el año 64.

-¿Es cierto que su marido, Bernabé Martí, y usted se enamoraron perdidamente cuando compartían escenario en «Madame Butterfy»?
-M. C.: Sí, fue así.  Al final del primer acto, mi marido me besó de verdad y me dijo: «Tonta». Creo que fue el momento más feliz de mi vida. A partir de ahí, las cosas fueron deprisa. El 8 de diciembre de 1963 fue la función en Barcelona, el 28 de febrero nos prometimos y el 14 de agosto nos casamos.

-La verdad es que tiene una vida familiar envidiable, pero sus esfuerzos le habrá costado compaginar ser madre y cantante de ópera, ¿no?
-M. C.: Cuando iba a actuar a algún sitio, siempre me trataban tan bien y era todo tan bonito que yo estaba deseando terminar para llamar a mi familia y contarles todo…Pero más aún para saber todo de los niños: qué habían comido, cómo estaban, cómo les iba en la escuela… Y cuando mi marido y yo veíamos que había una actuación un viernes y la siguiente era un martes, nos volvíamos a casa, estuviéramos donde estuviéramos…

-Y los hijos, ¿cómo llevan que su madre sea una estrella y  pase tanto tiempo lejos?
-Montserrat Martí: Cuando vas creciendo se llega a comprender que tu madre se ha marchado para trabajar… Pero es verdad que recibíamos continuamente llamadas. Mi padre decía que Telefónica debía darnos acciones. Y eran tiempos en los que se pedía una conferencia y tardaban dos horas en conseguirla… Debía de ser duro para mi madre.

-¿Alguna vez le echó en cara a su madre que no estuviera a su lado?
-M. M.: No. Mi madre me dijo un día: «Si hubiese hecho menos y estado más…». Y yo le contesté: «No, mamá, porque tú te debes a la gente y hay mucha a la que has hecho muy feliz. No podría pretender que fueras sólo para mí o para mi hermano».

-Le noto los ojos húmedos, ¿se emociona Montserrat?
-M. C.: Me emociona cuando mi hija dice estas cosas, sí.

-No todas las divas consiguen esa felicidad familiar. María Callas no tuvo esa suerte y eso que tenían en común la misma «calidad» de dientes, ¿no?
-M. C.: Es cierto. Las dos los teníamos con falta de calcio y se nos rompían. Por eso la conocí. Llamé a su agente para preguntarle por su dentista, porque Luciano Pavarotti me dijo que él también había tenido un problema con los dientes, como yo, y que, aunque fue a un dentista muy afamado de Nueva York, no consiguió resolverlo hasta que no llamó al que le recomendó María Callas, en Londres. Así que yo llamé a «la María» a través de mi agente y ella quiso hablar conmigo y me dijo: «No hay cosa peor para cantar que los dientes». Y, siguiendo su consejo, me fui al que ella iba a Londres.

-Y se hicieron amigas. De hecho, creo que ella fue quien le dijo que su voz era el Bel Canto ¿no?
-M. C.: Digamos que yo a ella le dije que no me atrevía y ella me dijo que mi voz era muy ideal para cantar, pues eso, bel canto. Recuerdo que algún tiempo después, en París,  le dijo a Bernabé: «Cuida a tu mujer y que cante “Norma”, porque, después de mí, ella será Norma».

-Además de los dientes y de Norma, ambas tenían en común que fueron niñas pobres.  ¿Recuerda usted los duros tiempos de la guerra civil española?
-M. C.:  Yo era muy pequeña cuando comenzó. Tenía tres años, y seis cuando terminó. Por lo tanto es un vago recuerdo. Tengo más presente que, cuando ya tenía 9 o 10 años, había mucha hambre y vivíamos del racionamiento que daban a la gente que no tenía posibilidades. Lo recuerdo como una época de gran penuria.

-¿Y relaciona aquellos tiempos con estos de enorme crisis?
-M. C.: Bueno, una cosa es una crisis y otra la miseria de una posguerra. Son muy distintas. Entonces el país estaba en la hambruna y ahora, por mucha crisis que haya, e incluso aunque haya gente que pueda pasar hambre, tenemos grandes organizaciones que ayudan, como Cáritas, los comedores oficiales, parte de la Hermandad de Jesús o las Hermanas de la Caridad. Entonces todo eso no existía: los mataban porque estorbaban… Y, claro, la diferencia es inmensa.

-Ahora que ha estado cantando en Madrid, ¿ha tenido la oportunidad de revisar un poco el programa de ópera que tenemos aquí? Lo digo porque a Mortier, el director artístico del Teatro Real, le ponen verde…
-M. C.: No sigo la línea de la ópera en Madrid como antes, porque casi nunca estoy en España, pero cuando estoy sí me entero de algunas cosas. Yo considero que cada teatro tiene su propia iniciativa y su propia forma de afrontar las temporadas; entonces supongo que, en un tiempo de crisis, también debe de ser muy difícil para un director de un teatro el poder hacerlo. Por otro lado, este señor que dices es muy valiente, porque hace cosas en su temporada que otros no se atreverían a hacer.  Y dar una idea del posible, digamos, caminar de este siglo y del próximo, depende seguramente también de algún cantante, pero más que nada del director que tiene la iniciativa para hacer una temporada que va hacia una música  o una escenificación, tal vez, menos metódica, que la de hace cien años. Y eso requiere un gran valor.

-Para valor, el de las primeras figuras y los figurantes, que a veces aparecen sin ropa y en actitudes casi pornográficas.
-M. C.: Eso ya depende del director de escena que se contrata, porque el que hace estas cosas es el director de escena, no el director del teatro.

-¿Y a usted le gustan esos montajes?
-M. C.: Creo que siempre ha habido ópera de vanguardia; lo que pasa que en lugar de en un teatro de ópera se ha hecho en otros lugares y eso me parece un poco atrevido; pero repito, como ésta es una forma de vida actual en muchos campos, también llega al teatro de la ópera… Es el público quien tiene que decidir.

-Desde luego, parece que en ese tipo de montajes hay un enorme culto al cuerpo. ¿Existe en la ópera tanto como para que alguna vez la hayan vetado en algún papel por exceso de peso?
-M. C.:  Afortunadamente, he cantado en la época en la que se iba a la ópera para escuchar la composición y la interpretación, no para ver la figura del cantante. Después, con los años, adelgacé, pero nunca fue un impedimento en ningún tema, porque, verdaderamente, cuando alguien va a ver «Tristán e Isolda», «Tosca», «La Bohème», o «El caballero de la rosa», va a contemplar la obra del autor y a los que sirven a ese autor lo mejor que pueden para transmitir su mensaje, su creatividad… No para ver la figura. Era una época en la que se iba a la ópera a ver la obra de Shakespeare con música de Verdi. Son cosas distintas de a lo que se va ahora.
Personal e intransferible
Montserrat Caballé tiene unos cuantos años, sí. Y le duelen los huesos, que siempre tuvo frágiles; pero conserva intacta la frescura de su voz, la sensibilidad de su corazón y el sentido del humor.  Es una mujer simpática y rotunda, que impacta cuando hace fluir de su garganta  ese sonido casi mitólogico, de sirena hechicera, que los críticos neoyorquinos resumieron en 1965, tras cantar «Lucrecia Borgia», diciendo: «Callas+Tebaldi = Caballé».  Pero también impresiona cuando habla de sus dos hijos, o de cómo su madre la hizo entrar en el Conservatorio de Barcelona con 12 años y cómo a los 15 soñaba con cantar «y ayudar a mi familia. Éramos muy pobres».

De cerca
Montserrat disfruta dando clases. Y sus explicaciones son tan contundentes, como claras: «Cuando se canta, la respiración sale del mismo sitio que se mueve cuando uno va al baño o se va a la cama con alguien». ¡Como para no entenderla!

La Razón

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