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Pase lo que pase, el clásico

El clásico, ese partido en el que la honra anda por encima de las puntuaciones, se ha convertido, una vez más, en un escenario de confrontaciones ideológicas. En el minuto 17.14, tal y como estaba previsto, en las gradas del Camp Nou ha sonado el grito de «independencia». Está claro que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad y que no hay manera de que se sepa que en la Diada catalana, miles de banderas del Reino de Aragón, y no de Cataluña, ondearon por Barcelona reclamando la independencia que no perdieron el 11 de septiembre de 1714, ya que no fueron independientes de España (salvo el lapsus de las revueltas del XVIII y su anexión a Francia) y menos de Aragón, salvo los condados medievales. El pueblo catalán, influido por la indecencia política o por la ignorancia política (que no se sabe qué es peor), parece confundir una guerra de secesión con una de sucesión (concretamente la que desencadenó la falta de descendencia directa de Carlos II, «El Hechizado»). Sin querer profundizar en la historia, lo más gracioso es que, tras ese grito, el Madrid ha marcado. Lo ha hecho Ronaldo. Portugués. Y poco más tarde ha llegado el gol del Barça. De Messi. Argentino. Luego ambos han repetido goles. Y encima a mí, que soy madridista, me cuesta mirar con malos ojos a Iniesta o a Pedro, artífices de una de las mayores alegrías de mi vida: la consecución del Mundial… Y me revienta pensar que hay catalanes que se quieren ir y hay españoles que quieren que se vayan; pero todos parecen de acuerdo en que, en cualquier situación, se celebre el clásico.

La Razón

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