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Muerte de un ciclista

Hace apenas un día ha fallecido, atropellado, Iñaki Lejarreta. Iñaki era el último de la saga de los Lejarreta que había heredado la pasión por las bicis. Tal vez se la inculcara su tío Marino, el inolvidable «Junco de Berriz», uno de los grandes de este deporte, laureado con 52 victorias durante sus trece años como profesional. Iñaki siguió su estela, pero desde otro ámbito, el de la bicicleta de montaña, donde consiguió su propia gloria al proclamarse campeón de España en 2007, subcampeón en 2011 y al conseguir un diploma en los JJOO de Pekín en 2008, en la especialidad de campo a través.

Su dedicación deportiva a la bicicleta le hacía competir en el equipo Orbea con su gran rival Julien Absalon, pero eso no era todo: a sus 29 años, más allá del deporte, estaba ese gusto por pasear sobre dos ruedas y retarse y conseguir algunas metas no premiadas, producto de la relación diaria con ese medio de transporte sorprendente, que dota al ser humano de autonomía y libertad. «No hay mayor gloria que la que se consigue con las propias manos y los propios pies», decía Homero, pero si a esas manos y pies se les añade un par de ruedas y un manillar, el sabor del esfuerzo no merma y la gloria se multiplica. Iñaki ha muerto en la carretera, y a mí, cada vez que se produce la muerte de un ciclista (el título de aquella película de Bardem), me da por pensar en tantos que conozco que sueñan sobre dos ruedas, tan desprotegidos, tan esforzados y tan acechados por la sombra de ese dopaje, que sólo existe en las altas esferas.

La Razón

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