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Después de los cuarenta

Hasta hace no demasiado, el mundo se acababa después de los cuarenta. Pasada esa edad, la música empezaba a sonar de otra manera, las mujeres se volvían invisibles y los hombres lucían una barriguita cervecera, imposible de erradicar. Pero eso era antes, cuando la vida no ofrecía posibilidades a los sueños y los hombres de las bicis eran auténticos superhombres, totalmente alejados de la realidad de los de a pie. Luego llegó el dopaje y el efecto de inmortalidad de los ciclistas se redujo a mera poción mágica, mientras los ciudadanos del mundo, fuera de los circuitos profesionales, comenzaban a recorrer el asfalto sobre sus propios pies o sobre las ruedas de una bicicleta. Con el paso del tiempo ese status de deportista amateur se ha vuelto tan habitual, que ahora quien no corre, “rueda”, y lo hace kilómetros y kilómetros más allá de los 40, proporcionándose en el intento, una vida y una juventud nuevas. Pensar, sin embargo, que en un deporte tan extremo, como el ciclismo, casi tan imposible fuera de la trampa, por la exigencia desmedida, podía entrar un campeón de tal década, resultaba totalmente inconcebible Sin embargo, ahí está Horner , casi en los 42 y presto a ganar con sus piernas, su cabeza y su bicicleta la penosa Vuelta Ciclista a España. Un milagro, sin precedentes, del siglo XXI. Un milagro americano, concretamente, que, tras su precioso final de etapa en L’Angliru, donde hay que jugárselo todo a un sprint de seis kilómetros que no acaban nunca, ha convertido al ciclista estadounidense Horner, en el viejo más joven del mundo y, sin duda ninguna en en un dios inmortal del Olimpo del ciclismo.

La Razón

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