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María Luisa Merlo: «Ya está bien de lágrimas»

María Luisa Merlo es una mujer original, atrevida y moderna; y eso, a sus años, y presumiendo de ser bisabuela, es, si cabe, más atractivo. Llega a la entrevista con sus pantalones, sus gafas de sol y sin peinar («¿Has visto cómo me he cortado el pelo, un lado sí y otro no? Jajajaja») y me invita a compartir su camerino para charlar y reírnos, porque, como dice ella, «ya está bien de lágrimas». Por eso está más volcada que nunca en esta nueva función, «Locos por el té», que estrenará el próximo jueves en el Teatro Cofidis Alcázar. Le toma el relevo a su nuera, Maribel Verdú, que estaba interpretando allí «Los hijos de Kennedy», una obra que estrenó la propia María Luisa. «Y lo que son las cosas –me cuenta–, precisamente actuando en ese teatro me enteré de la muerte de Kennedy». Como he revisado su interminable currículum, no puedo dejar de preguntarle el número que hace esta obra entre las que ha representado: «¿Cuántas obras? ¡No tengo ni idea! Yo no las cuento, pero deben ser muchísimas, una barbaridad. En el programa no vienen todas. ¡Si yo no empecé en el Eslava como bailarina! Empecé en Verona, en el teatro de la ópera, con 15 años. Imagínate, me recorría Europa con un libro debajo del brazo para ver los museos». No creo que se puedan archivar tantos textos en la memoria durante tantos años, habrá que ir borrando uno para incorporar otro y así sucesivamente… «El que no he borrado ha sido el último, el de »Cien metros cuadrados», porque ha sido, para mí, la belleza del siglo. Estuvimos con él siete semanas nada más, por esas cosas raras que pasan, aunque el teatro estaba abarrotado. Esa función podía haber vuelto perfectamente a Madrid. Pero bueno, en ésta de ahora tengo una ilusión enorme. Y no sólo porque no tengo que llorar (a mí un momento de llanto me cansa muchísimo más que reírme y pasarlo bien), sino porque hay unos actores que muero por ellos. Son fantásticos». Juan Antonio Lumbreras, «que es un auténtico genio», Esperanza Elipe, Rocío Calvo, Ángel Burgos y José Luis Santos, dirigidos por Quino Falero, comparten las tablas con María Luisa Merlo, que, en esta ocasión, hace precisamente de primera actriz y está deseando reírse en el teatro y en la vida.

«Como te decía, se acabaron los dramas. Ahora me toca reírme. De hecho, he entrado en el año riéndome, porque he pasado la Nochebuena con mi hijo Luis y la Nochevieja, con mi hija Amparo y con mis nietos, y creyendo que en el 14 sí que se han acabado las cosas malas. Porque la muerte de Amparo Rivelles fue también muy fuerte para mí. Era como mi hermana. Yo me había divorciado de su hermano, ¡pero no de ella!». En realidad, da la sensación, y se lo digo, de que casi no se había divorciado tampoco, al menos del todo, de Carlos Larrañaga. A lo mejor por eso siempre pensó que se iba a recuperar, que no se iba a morir, cuando una rotura de rodilla le impidió estar con él a última hora. «Es que estábamos en un momento estupendo, ensayando una función divertidísima, »Quizás, quizás» para la que yo le estaba esperando y que rompí en mil pedazos cuando murió… Fue el día en que más he llorado en toda mi vida. Éramos tan cómplices, tan amigos… ¡Sobre todo yo de él!». Seguro que a Carlos le hubiera gustado verla de nuevo haciendo reír en el escenario. Y una buena opción era «Locos por el té». Una comedia que lleva diez años acumulando premios en Francia, incluido el Molière, en 2011, y que sitúa a un grupo de actores, bastante regulares, ensayando con una primera actriz –María Luisa Merlo– que está desesperada viendo acercarse el día del estreno mientras no paran de ocurrir catástrofes. «Hay que llevarse un pañuelo para llorar de risa –dice María Luisa–, los compañeros que han venido a vernos se han matado a reír. ¡Y hace tanta falta! Mi hijo Luis, que está haciendo en el teatro »El crédito», en compañía de ese estupendo actor que es Carlos Hipólito, me decía que en cuanto se ponen un momento serios, la gente empieza a revolverse y tienen que tirar completamente hacia lo cómico». Es curioso, porque si antes la comedia estaba menos valorada que el drama, ahora el teatro, pese a la crisis y al IVA, vive su mejor momento gracias a ella. «Ahora todo tiene que ser cómico. A la gente las cosas dramáticas le dan terror. Y yo ahora, desde luego, no tengo ningunas ganas de hacerlas. Aunque eso sí, a mí siempre me gusta hacer comedia y ponerme seria un momento. Ismael Merlo siempre decía eso: »En la comedia hay un momento en el que tienes que ponerte seria; pero seria, nada de llorar»». Debe ser que no están las cosas para ir a llorar al teatro, con tanto que hay que hacerlo fuera de él. Aunque no a todo el mundo le va igual. Los Larrañaga Merlo, pese a la precariedad de la profesión, siempre tienen trabajo. ¿Tendrán algún secreto? «¡Siiií! ¡Que yo doy mucha suerte! Tina, mi amiga de la infancia, que también ha desaparecido este año, siempre me decía: »Oye, ¿te podrías liar un poco con mi marido? ¡Porque es increíble lo tuyo! ¡El buen rollo que traes!». Jajajaja».

Personal e intransferible

María Luisa Merlo nació en Valencia en el año 1941. Dice que ahora no se acuerda, pero que le da la sensación de que está casada, porque cree no haberse separado de su marido inglés. «Aunque no sé si sirve en España o no. Yo pongo casada por si acaso». Está orgullosísima de sus hijos, sus nietos y su bisnieto y se arrepiente «de quién era hace veinte años: era una persona menos limpia que ahora». Perdona porque «perdonar es la llave del reino», pero, aunque olvida, «no vuelvo a tratar». A una isla desierta, ella, que dirige meditaciones desde hace 22 años y que incluso ya está acreditada para facilitar cursos en una escuela mística, se llevaría «un libro de John-Roger, mi maestro espiritual». No le gusta ni comer ni beber. «En todo caso, chocolate…, pero soy una absurda completa: como por las noches dormida y luego, por el día, no como». No reconoce manías, pero «antes de empezar una función, me concentro, veo la luz, mando luz al público y a mis compañeros y salgo más tranquila al escenario». Sueña con que se pierde («Es el miedo que tengo a perderme») y que su padre la ha engañado y no ha muerto, sino que está en Barcelona. De mayor le gustaría seguir teniendo la misma curiosidad y poder seguir viendo museos, viajando… «Porque de mayor sólo queda la riqueza espiritual y la intelectual». Y si volviera a nacer, «sería actriz, claro».

La Razón

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