Toma el dinero y corre. Ese era el famoso título de la película de Woody Allen, que viene al pelo para el último episodio de Esperanza Aguirre. No es que ella haya atracado ningún banco y se haya largado con la pasta, no. Es que, como ya casi todo el mundo sabe, se paró en un carril bus de la madrileña Gran Vía, dejó su coche con la luz de “warning”, sacó dinero de un cajero y..,¡zas! La pillaron los municipales. Más allá de la pura anécdota, el problema fue que la ex Presidenta de la Comunidad y actual Presidenta del Partido Popular de Madrid pensó que ella podía irse antes de que los agentes se lo indicaran. Y no. Por desgracia, este incidente sin importancia, por más que al marcharse indebidamente Aguirre rozara por mala fortuna la moto de uno de los empleados del ayuntamiento y esta se fuera al suelo, ha puesto en evidencia algo tan inaceptable como que los políticos en general, en esta ocasión personalizados en Esperanza Aguirre, creen, de verdad, que para ellos las normas son diferentes. Por eso Esperanza en su blog explicaba, con total convencimiento, que ella no se había dado a la fuga, pero que, tras quince minutos de espera, una vez cometida la infracción, que admitió y aceptó, lógicamente, porque tampoco le quedaba otra, decidió que si no le decían que se fuera, ella se podía ir, igualmente, porque “los agentes sólo querían una foto”. Pretendieran lo que pretendiesen, lo cierto es que una vez que un agente para a un ciudadano, éste no se puede ir, de ninguna manera y bajo ningún concepto, si el guardia no se lo indica. No son solo los políticos los que consideran que tienen, digamos, más derechos que el resto de la ciudadanía; también les pasa a algunas celebridades o a determinados hijos de, sobrinos de, o nietos de. Pero yo creo que, si bien es necesario que esa mentalidad conlleve un castigo siempre que empuje a saltarse las reglas, debe ser más punible en el caso de un político, quien a su vocación de servicio, debería sumar una actitud ejemplarizante. Es cierto que doña Esperanza no ha matado a nadie, y que su comportamiento no tiene nada que ver con terroristas ni otros especímenes criminales a los que se ha mencionado comparativamente tras este hecho; pero también lo es que si alguien piensa, siente o ha padecido que, en el mismo caso, se le puede caer el pelo y a ella no le ocurre, el famoso “iguales ante la ley”, que garantiza la Constitución, se pone en entredicho.
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