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«La isla de Blackwell fue el basurero humano de Nueva York»

Vanessa Monfort. Escritora y dramaturga.

Si aún no han escuchado el nombre de Vanesa Montfort, no han leído alguna de sus novelas o visto alguna de sus obras de teatro, presten atención, porque esta mujer pelirroja y espectacular, no va a parar de dar sorpresas en el mundo de la cultura. Periodista de formación y escritora y dramaturga de devoción, Vanessa, nacida en Barcelona y residente en Madrid desde la infancia, comenzó su carrera literaria a los 24 años, con el estreno de “Quijote Show”,  en el Círculo de Bellas Artes. A partir de entonces, su vida corrió paralela al mundo del teatro, con obras propias, adaptaciones  y direcciones. Vanessa se atreve con todo y no solo en España, también en el mismísimo Londres, donde el teatro es una religión. Allí, en la tierra de Shakespeare, Vanessa, por encargo del Royal Court Theatre London presentó “Chalk Land”, el año pasado. Pero lejos de quedarse embelesada con el sabor  la gloria de los aplausos británicos, Vanessa compaginó tal éxito teatral, con el remate de su tercera novela “La leyenda de la Isla sin voz” (Plaza y Janés) Una historia que traslada a los lectores a una pequeña isla junto a Manhattan que, según la propia autora “limita al Este con la Historia, al sur con la esclavitud y al Oeste con la libertad”. En Nueva York no todo son neones y menos en 1867.  Como muestra  esa isla de Blackwell, en la que se desarrolla la última obra de Vanessa Montfort.  “En el Nueva York de entonces –cuenta Vanessa- la isla era el basurero humano de la ciudad. Aquel Nueva York, aún soñaba con su estatua y sus rascacielos y todavía no tenía esos puentes que comunicaban las islas de los ríos que rodeaban Manhattan, con Manhtattan, así que estaban mucho más aisladas. Era una NuevaYork donde aún no se había conectado la luz eléctrica -estaba a punto de hacerlo Edison, que iba a iluminar Broadway por primera vez- y era la ciudad más poblada del mundo. Aquello debía ser una locura. Yo creo que construyeron los rascacielos para poder apilar a la gente unos encima de otros y que cupieran. Y ¿qué hacían con el “excedente de población”? Lo llevaban a islas como Blackwell, que hoy se llama Roosvelt Island. Una isla de tres kilómetros, que se encuentra pegada a Manhattan”. Una isla en la que el lector se va a encontrar con los desechos humanos de un tiempo en el que los derechos aún estaban por reconocer. Huérfanos, presos, locos, mujeres adúlteras …,todos acaban en esa isla terrible, confinados en espacios mínimos, dependiendo de su “mal”.

Tan cerca y tan lejos del Manhattan actual, me pregunto cómo descubrió Vanessa esa isla repleta de historias malditas “A veces localizo escenarios de las novelas como si fueran películas, quizá porque mi generación ha bebido del cine y la televisión y hasta de los videojuegos. Un día que estaba sacando fotos desde Manhattan, al enfocar hacia Brooklyn, se me coló la isla en medio. Tengo familia en Nueva York de toda la vida así que les pregunté: “Y esas ruinas góticas en estado de abandono que están en medio del agua y a las que les salen árboles por las ventanas ¿qué son?.  “Eso es Randall” me dijeron unos, “no es Fire Island” me dijeron otros…¡Nadie sabía! Así que cogí el teleférico y me acerqué hasta esas ruinas, ese faro, ese quiosco rudimentario, en nada parecido a los quioscos de información de Nueva York, y en él me encontré con un montón de fotos de enfermeras decimonónicas caminando entre la bruma, otras de presos…Y una foto de Charles Dickens”. La presencia del genial escritor fue el detonante de todo. A partir de ahí, Vanessa comenzó a investigar, se puso en contacto con Judith Berdi, responsable de la Roosvelt Island Historical Society  y recopiladora del material fotográfico y escrito que se guarda en ese quiosquito,  y decidió que aquel lugar serviría de escenario primero a la novela que entonces rodaba en su cabeza y con la que después conseguiría el premio Ateneo de Sevilla, Mitología de Nueva York)  pero que también tendría la historia dedicada que merecía.

Si Vanessa hubiera tenido que ponerle nombre a aquella isla de desolación, cuando la pisó por primera vez,  sin duda la habría llamado Dicken’s Island;  y el encontrarlo allí a él, siendo, además,  uno de sus escritores más admirados, le sirvió de acicate  para crear una historia en la que Dickens, gracias a las licencias de la ficción, alargaba su estancia en ese lugar. “Dickens-explica Vanessa- siempre se había interesado por la pobreza en sus novelas, porque la había vivido en carne propia. Su padre estuvo preso en una cárcel de morosos  donde él llegó a vivir también, como era habitual entre las familias que no tenían recursos y trabajó de niño en una fabrica de betunes. Así que, además de la filantropía, probablemente el recuerdo le hizo luchar por los derechos civiles de los más desfavorecidos e incluso llegar a  financiar las dos primeras casas para prostitutas que hubo en Londres” Con esa sensibilidad,  Dickens no podía pasar por la isla de Blackwell sin hacer algo que Vanessa Monfort exalta, agranda e incluso ilumina de la mano de esa otra novelista británica que ella convierte en su protagonista femenina, Ann Radcliffe. “ Ella es la luz de la novela, quien pronuncia la frase de “el peor veneno contra la felicidad es la falta de esperanza” y quien no consiente la desilusión, por mucho que el mundo esté en crisis”. Estos dos personajes reales conviven en “La isla sin voz” de Vanessa Monfort, con otros igualmente reales como Marx, Pulitzer, Julio Verne, Edison, Mendel  o Nellie Bly -la madre del periodismo encubierto que sí estuvo verdaderamente en ella y fue la primera persona que denunció los abusos que se producían allí-  y  se relacionan con un catálogo de personajes de ficción, inventados por Vanessa . Y todos juntos, los reales y los ficticios, se unen por obra y gracia de la escritora, para darle la voz que merecía, a esa isla que nunca antes la tuvo y que, por fin, podemos escuchar.

Personal e intransferible

Vanesa Monfort, a sus 37 años está soltera no tiene hijos pero “tengo dos gatos”. Se siente orgullosa de “seguir persiquiendo sueños”, se arrepiente “de no haber vivido más tiempo fuera”, perdona pero “tiene tan buena memoria que no consigue olvidar”. Le hacen reír “sus gatos y una buena comedia” y llorar casi todo, porque “estoy de un sensible que es horroroso”. A una isla desierta se llevaría a una buena amiga. Le gustan los buenos guisos y los buenos vinos, tiene fobia a las agujas,  sueña recurrentemente con la casa de sus abuelos en la sierra y siempre que quiere proteger a alguien lo mete en esa casa con ella. La marcó “Lolita” de Nabokov , adora a Rajmáninov, de mayor le gustaría ser viajera y si volviera a nacer sería “bióloga marina”.
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