Dicen que la muerte se esconde en cada esquina…, pero a veces parece que salimos a su encuentro. No quiero enfadarme con el universo, pero el fallecimiento de Darío Barrio me ha dejado tocada y hundida. Y no solo porque este hombre atractivo, inteligente y creativo de 42 años, con dos niños y un enorme reconocimiento profesional lo tuviera todo y se haya quedado sin nada, por los azares del destino, sino porque me da rabia que a veces tentemos tanto a la suerte. Es curioso porque Darío, a quien conocía desde hacía años, me había dicho hace poco que ahora, con los niños, quería arriesgarse menos. Así es la vida. Y así es la muerte. No digo yo que no pudiera haberla encontrado al doblar la calle donde se encuentra su magnífico Dassa Bassa,el restaurante que hace tan poco celebró sus diez años en la capital, pero ¿para qué ir a buscarla en el aire?. Lo habíamos hablado más de una vez, pero Darío, tan calmado como echado para adelante, tan delicado como arrecho era un incondicional de los deportes de riesgo. Y de volar. Sí, de volar. ¿Qué tendrán los aires y el cielo que desde siempre pretendemos conquistarlos?. Lo de menos es el festival de salto en el que perdió la vida o que la modalidad fuera la de tirarse en paracaídas desde un objetivo fijo y no en movimiento…, lo de más es que puede pasar que no se abra el paracaídas. Uno entre mil. Uno entre un millón…, pero puede pasar. A Darío le pasó, justo cuando volaba por pasión, por convicción y como cariñoso recuerdo al también fallecido Alvaró Bultó. Apenas tres días antes estuvimos juntos celebrando la aparición de la nueva revista online que dirijo. “¿Vendrás?” Le pregunté. “¡Como no, te debo una!”, respondió con todo el cariño, haciendo alusión a mi presencia el día del aniversario de su restaurante. Y vino, claro. A última hora, sin tiempo, agotado, pero vino. Igual que ahora estaba a punto de volver a robarle las horas a las horas para participar una vez más en la campaña de World Vision y poner su granito de arena en la construcción de un mundo un poco mejor. No quiero ensalzarle más. Sobre todo porque estoy enfadada con él. Me sale ¿el por qué tuviste que saltar? roto en la garganta. Pero seguro que no tengo razón. La vida es una ley de compensaciones. Siempre lo digo y tal vez a Darío como a otros, les compensa jugársela. Y en el juego está la victoria y la derrota. Se puede ganar y perder. Darío saltó, se la jugó y perdió. Y nosotros le hemos perdido a él. Perdónenme que hoy, no sea capaz de perdonárselo, aunque escriba este artículo a modo de homenaje.
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