Cada vez que se descubre un nuevo caso de presuntos abusos a menores en el seno de la Iglesia católica se me llevan los mismos diablos que la congregación persigue. Sin embargo, debo decir que, en los últimos tiempos, nuevos, no porque hayan pasado los siglos, sino porque ha aparecido en escena el Papa más valiente de la historia, las cosas han cambiado tan considerablemente, que me han devuelto parte de la fe perdida. Más allá de ese discurso de Bergoglio de prestar atención a los más desfavorecidos y de auditar al mismísimo Vaticano, el Papa nos ha sorprendido a todos enfrentando el problema más enquistado de la Iglesia. “No se puede ocultar la verdad”, ha dicho el pontífice. Y todos hemos respirado, sabiendo, como sabemos todos, incluido él, que son incontables los casos que se han tapado, que se han justificado y que no se han castigado, desde los tiempos de Pedro.
Hay quien opina que, además de la tolerancia cero, el apartamiento de la Iglesia de los abusadores y la colaboración con la Justicia, a quien hay que entregar a los inculpados, por muy sacerdotes que sean, para que cumplan como el resto de los delincuentes, debería revisarse el voto de castidad y el celibato. Yo no se si el hecho de que los representantes de la Iglesia deban estar apartados del sexo les vuelve más vulnerables, pero tal vez sea así. Y, sobre todo ¿acaso se es mejor persona, si no existen las relaciones sexuales? Es verdad que la carnalidad es una tentación; pero precisamente debe serlo más para quien tiene que estar obligatoriamente alejado de ella. Supongo que este Papa tan moderno para todo, con esa clarividencia tan excepcional y que tanto se agradece, respecto a las sexualidades distintas, tanto tiempo condenadas, o a las nuevas familias, inevitables en estos tiempos de vidas tan longevas, mirará también con atención esta posibilidad. Sobre todo, porque si la Iglesia defiende el matrimonio y la familia como pilares de la fe, ¿Por qué los curas o las monjas no se pueden casar? Incluso, si me apuran, serían más eficientes si lo hicieran, a la hora de comprender a sus fieles y, sobre todo en el caso de ellos –ya se sabe que la sexualidad masculina es distinta de la femenina y si en la segunda prescindir del sexo no es tan difícil, en la primera es casi un milagro-, probablemente les liberaría hasta de los malos pensamientos, que también están considerados pecado.
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