Hace no demasiado tiempo a la violencia contra las mujeres se la llamaba “crimen pasional”. Ya saben, el hombre, incapaz de soportar humillación o abandono, se dejaba llevar por sus instintos –y su “hombría”- y le calzaba dos tiros a su señora. Con el paso de los años, la “denominación de origen” de este tipo de violencia se cambió, sin mucho acierto, por la de “violencia de género”; y finalmente derivó en lo que hoy es “violencia machista”. Y tiene más sentido, porque la suelen ejercer quienes creen que su superioridad sobre las mujeres exige que se comporten como ellos desean o si no, que desaparezcan. Esa clase de hijos de su madre, a la que pertenece el presunto asesino de las chicas de Cuenca, no es que esté poseída por los diablos o la enfermedad. Esa clase de gentuza, sencillamente, es perversa. Y además cobarde. Y como no tiene bemoles para afrontar que en las relaciones ya no se consigue nada por la fuerza, prefiere ver muertas a las “desobedientes” que aceptar la realidad. El asesino, posiblemente, solo quería matar a su ex novia. Pero llegó acompañada, y él no iba a alterar sus planes premeditados y alevosos de criminal de libro, que para eso ya tenía comprada hasta la cal viva en la que deshacer el cadáver y el plan de fuga diseñado…Por suerte esa huida resultó fallida. Pero por desgracia su asesinato perfectamente planificado se llevó a cabo, y resultó doble. Un asesinato sin el calor de la pasión, tan frio como el hielo. Tan espeluznante como cualquier otro, pero más terrible, porque alguien, quizás el asesino, pretenderá justificarlo a partir de un amor, que después fue desamor.
Back to Blog
