Hace ya un tiempo considerable Hacienda cambió las reglas del juego y decidió que ya nadie podía facturar a través de sociedades –aunque se tuviera un par de empleado o tres-, si el trabajo principal lo desarrollaba uno mismo, y que eso de tener las oficinas en casa –por más que se trabajara allí- no era más que una tapadera. A partir de entonces comenzaron las inspecciones y con ellas los infartos, las depresiones y los ataques de ansiedad de muchos, pero sobre todo, de rostros conocidos de todo tipo. Así actores, cantantes, periodistas, escritores… todos salieron –salimos- a la palestra, en calidad de sospechosos, por haber estado declarando durante años de una manera que se acababa de descubrir que no era correcta. A todos nos tocó pagar y pagar; pero no solo eso: también temer que nos tacharan de malvados defraudadores. Es ciertísimo que, Hacienda también se dedicó a revisar otras profesiones liberales, donde los autónomos también habían amparado sus incertidumbres laborales en sociedades…, pero con menos escarnio. Lo nuestro era revisión y si había alguna irregularidad (que la había casi siempre, porque, como he dicho, las reglas del juego habían cambiado), un apuntarnos con el dedo, como si fuéramos delincuentes. Es cierto que a muchos de nosotros nos aconsejaron mal y eso nos llevó a que las revisiones nos costaran aún más; pero es que nosotros, como casi todo el mundo, necesitábamos los cinco sentidos para poder sacar adelante nuestro trabajo, tantas veces intermitente, y no nos quedaba más remedio que entregar nuestro complicado papeleo tributario a alguien supuestamente de confianza. Muchos asesores salieron completamente ranas y nos costaron sudor y lágrimas…, pero eso no significaba que hubiéramos defraudado, aunque algunos medios quisieran darlo a entender, porque para eso éramos “famosos” y nos lo merecíamos… Miren ustedes, el que cometa un delito, conocido, desconocido o mediopensionista que sea juzgado en los tribunales y en la calle; pero eso de que, hasta entre compañeros andemos tratando de rebuscar en las multas de otros para tratar de hacer creer al público que “matamos a Manolete” es escandaloso. Y además ilegal, porque vulnera la intimidad de aquel a quien le inspeccionan, recurre si lo cree conveniente y paga religiosamente, aunque se quede sin un euro… Hay errores, confusiones, infracciones y delitos… Y solo el delito se juzga. O eso sería lo correcto, honrado y veraz…
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