Ayer, antes de que el presunto autor material del atentado de Barcelona cayera abatido, los mossos colgaron un tuit para que la ciudadanía pudiera ayudar a encontrarlo, en el que precisaban sus características físicas. Decía así: Complexión física normal, aproximadamente 1.80, piel oscura, pelo corto, podría llevar barba”. A los pocos segundos, aparecía otro de Derechos Humanos, con el siguiente texto: “Desde la Fundación Internacional de Derechos Humanos les exhortamos a no utilizar jamás la expresión “piel oscura” ni otras sinónimas”. Está claro que la corrección política nos vuelve del revés. Nos convierte en seres absurdos, vulnerables y encarcelados en nuestra propia estupidez. Que a Derechos Humanos le parezca importante que no se subraye la tonalidad de la piel nos conduce directos al disparate. Invita a pensar si, a partir de ahora, incluso para las descripciones más asépticas de cualquier cosa y sobre todo de cualquier persona, deberemos de hablar como en las canciones -“ojos negros, piel canela que me llevan a desesperar”-, para que nadie se sienta ofendido ni piense que se está agrediendo a nadie.
Escribí hace bien poco en esta misma columna, que estamos viviendo en un tiempo de absoluta estulticia donde la corrección política nos obliga a no llamar a nada por su nombre e incluso a no poder opinar libremente sobre nada, a menos que estemos dispuestos al chorreo de las redes, que fustigan más a quien habla de gordos o flacos (¡por favor! personas con sobre peso o delgados) que a quien vierte una amenaza de muerte en Internet. Derechos Humanos parecía no tener otra cosa que hacer, en un día en el que todos éramos Barcelona y en el que los de piel oscura, clara o tecnicolor andábamos concienciados en reivindicar nuestra falta de miedo y en anunciar nuestra disposición a trabajar unidos contra el terrorismo, que señalar la falta de corrección política de un tuit. Y no de cualquier tuit, sino del colgado por los mismos mossos encargados de jugarse la vida frente a los terroristas.
Me gustaría encontrar la manera perfecta de decirle a la Fundación Internacional de Derechos Humanos un tan correr ecto liberador “venga ya”…, ypero existiendo Pérez-Reverte, no hay más que revisar su respuesta en twitter para sentirse “vengado”: un link que remite a una página del diccionario de la Real Academia. ¿Saben a cuál? A la de la palabra gilipollas… Nada que añadir, salvo: “bravo”.
