Hace unos días, una mujer muy espectacular de la vida social española, imprescindible en cualquier sarao desde hace una década, celebraba su cumpleaños. No daré más pistas, por respeto a su opción, pero sí diré que, de un plumazo, se quitó diez años, de los que, durante los anteriores diez, no solo parecía sentirse orgullosa sino además, presumir. La realidad es que esta señora está mejor que muchas a las que les saca esos diez años e incluso veinte. Por dentro y por fuera. Tiene una gran conversación, una estupenda figura, siempre va impecable… y hasta los defensores de la naturalidad extrema le rinden pleitesía, más allá de que cuestionen si está tocada por la gracia o por el bisturí. Jamás imaginé que ella, con su personalidad desbordante y su seguridad de plomo, necesitara borrar años de su DNI o al menos de su Wikipedia. Al ver que lo hacía, no pude evitar recordar a la excepcional marquesa Luisa Casati, protagonista de la novela con la que gané el premio Fernando Lara en 2013. Una mujer decimonónica extravagante, libre, divina y arrolladora que, sin embargo, en un momento de su vida necesitó falsificar la edad de su pasaporte para sentirse mejor. Con el paso de los años y la llegada de su infortunio se vio obligada a “recuperar” su edad, por temas de guerras y fronteras; pero durante mucho tiempo, prefirió vivir con los años maquillados. Nadie parece estar libre del pánico que provoca el paso del tiempo. Por eso algunos luchan tan desesperadamente contra él, que llegan a rozar el ridículo. Otros en cambio, simplemente aprenden a aprovechar el encanto de cada momento. Las mujeres orgullosas de su edad, que no la ocultan, aunque tampoco la exhiban y también a ellas les cueste aceptarla, ofrecen un plus de dignidad, en un mundo más exigente con las féminas que con los varones. Oscar Wilde decía que no se podía confiar en una mujer que dijera su edad, porque si era capaz de eso era capaz de todo. Pero por más brillante y genial que fuera el escritor británico, no hay que comprarle todo el discurso; sobre todo porque en él quedan bien reflejados su machismo y su misoginia (sí, también se puede ser machista y misógino siendo homosexual o incluso siendo mujer); los mismos que aún hoy sirven para presionar a tantas mujeres para que enloquezcan con la edad. O mejor dicho, contra su edad. Y la edad son años, sí, pero también experiencias vividas, sentimientos gozados o sufridos, miradas compartidas y tantas cosas más, a los que no se puede ni se debe renunciar.
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Comments
Totalmente de acuerdo. Jamás se me ha ocurrido quitarme años. Es un bisturí de autoengaño. Gracias Marta por tus reflexiones.