Publicado en La Gaceta de Salamanca
Cuando tenía 17 años, empecé a padecer una espantosa neuralgia de trigémino. Lo recuerdo bien porque aquel dolor era tan fuerte que no me extrañaba que se contara que en el s. XIX, cuando los analgésicos comunes no eran accesibles para el vulgo, los que lo sufrían se tiraban por la ventana. Aquella tarde yo había acompañado a mi hermana mayor a la presentación de un libro sobre el Viti, en Salamanca, cuando, de pronto, el dolor comenzó a treparme desde el oído al ojo y se me fue extendiendo por la mitad de la cabeza, atrapándome también el cuello. Comencé a llorar, en silencio, con unas gruesas lágrimas incontrolables y acabé en el hospital.Desde entonces hasta 17 años más tarde (curiosamente cuando conocí a mi marido), sufrí episodios habituales de estas neuralgias que me hacían querer estamparme contra la pared. Mi constante durante ese tiempo fueron todo tipo de analgésicos. Y entre ellos, los más frecuentes en mi día a día fueron los Hemicraneales y los Actrones. Sobre todo estos últimos, gracias a los cuáles pude soportar esa tortura china, de la que parecía que nunca me iba a deshacer y que, por sorpresa, un día, sin saber cómo ni por qué, desapareció. Por desgracia, dos de mis hijos heredaron mi mal –ellos más bien migraña que neuralgia, pero con los mismos síntomas- y por eso sigo llevando en mi bolso los Actrones, en previsión de que alguno olvide su analgésico en casa. Hace tres años, mientras escribía “A menos de cinco centímetros” y entrevistaba para mi personaje, el detective Roures a varios corresponsales de guerra, me percaté de que uno de ellos, Arturo Pérez-Reverte, también era adicto a la misma droga. Y ni corta ni perezosa le coloqué una migraña a mi protagonista, de la que nunca se recuperó, pero que palió en aquella novela con otra medicina de igual composición, la Neocibalena, por aquello de no poner la misma que yo, o el inspirador, en parte, del personaje, tomábamos en la realidad; sin embargo en la nueva aventura de Roures que sale hoy a la calle, “La mala suerte”, el detective se encuentra con una mujer que le recomienda los Actrones. La razón del cambio es sencilla: la Neocibalena se ha quedado obsoleta y la cafeína, solo presente en los Actrones, para que el efecto de la droga sea creíble no es fácil de encontrar en otros medicamentos. Mi detective confiesa ser adicto a los analgésicos. Lo curioso es que también le sucede a un personaje bien conocido de Pérez-Reverte, que nació casi a la par que el mío, Falcó… Y la verdad es que me hace una enorme ilusión la coincidencia porque D. Arturo es siempre un referente. Eso sí, mi Roures, no solo tiene esa “adicción” que le salva a duras penas del mal que le mortifica, tiene otra sin duda más importante que también confiesa en esta última novela y que me interesa mucho más: Es adicto a la lealtad.
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Comments
Toma el pelo a otra persona, pero no a los que realmente estamos enfermos de neuralgia del trigemino. Cualquiera sabe que un Actron no alivia una neuralgia, tiene que ser otro tipo de medicación muchísimo más fuerte y ni así. Ni la morfina nos calma a muchos.
Que razón tienes esta Sra. no sabe lo que realmente es el dolor de la NT supongo que le han contado para su novela porque los que padecemos de verdad la enfermedad sabemos muy bien lo que es ni la morfina ni nada me quita el dolor por eso no puedo trabajar ni comer ni dormir y tomando medicamentos a diestro y siniestro
Con todo respeto a la Sra. Robles y a su médico y a su neurocirujano (si es que este último la vio), el diagnóstico que le dieron creo que es totalmente erróneo.
Primero porque con esas medicaciones no se alivia, ni contando hasta mil.
Y segundo que se haya ido, desaparecido de pronto, creo que ha sido un milagro. Y como no creo en los milagros, lo suyo para nada fue una Neuralgia del Trigémino.
Y me alegro, porque no ha conocido lo que es el infierno.
Estimados lectores,
Cuando empecé a sufrir por mi neuralgia de trigémino (creo que provocada por una endodoncia mal hecha que me tocó el nervio), los dolores eran tan fuertes que cada dos por tres estaba en el hospital, casi sin poder ver por un ojo, y deseando que el cóctel de analgésicos, anticonvulsivos y narcóticos acabara conmigo, para no sufrir más. Las medicaciones que alternaba, en cuanto llevaba cierto tiempo tomándolas dejaban de funcionar e incluso me provocaban efecto rebote. Me hicieron tacs, probaron de todo y nada servía. Llegué a soñar con el dolor, y me despertaba empapada en sudor solo de pensar que iba a comenzar… Los actrones (que he seguido tomando mucho después de la desaparición del dolor, sobre todo al principio), justo en el inicio del dolor parecían frenarlo. Los hemicraneales lo hacían hasta que tomé demasiados y el efecto fue el contrario. Pero los actrones siempre los mantuve, junto a las sesiones de acupuntura, de sofronización del dolor, de fisioterapia, psicoterapia…Si me los tomaba en el primer pinchazo impedían que el dolor subiera con la misma intensidad. Si no, eran como los demás: caramelos de menta contra las placas en la garganta. Intenté sumarles la relajación, la meditación, el calor, la oscuridad, la dieta específica…Todo junto… Cada nueva posibilidad y forma de combatir el dolor que me proponían los especialistas era un rayo de esperanza, que al final quedaba en nada. Recuerdo cómo, en algunos episodios de dolor, llegué a golpearme la cabeza contra la pared y hasta a suplicar que me dieran un puñetazo y me dejaran inconsciente. Vivía aterrada, esperando el siguiente episodio.Al final, el neurocirujano me propuso operarme. Me dijo que existía riesgo de que se me paralizara la cara y yo deseché la idea. No me atreví. Más tarde, mi dentista se decidió a levantarme la endodoncia y me recontruyó la muela afectada. Los dolores empezaron a remitir, hasta que desaparecieron. Dos de mis hijos padecen fuertes migrañas. Al parecer son hereditarias. Pero lo mío no eran migrañas, sino neuralgia de trigémino. ¿Tendrá algo que ver con su predisposición a la neuralgia? Pues no lo saben ni los médicos. En cuanto a mi neuralgia, parece que existía relación entre la endodoncia y la enfermedad; pero jamás me lo confirmaron con certeza absoluta. Tampoco saben cómo fue que desapareció 17 años después, de forma espontánea, tras la reconstrucción de mi muela; pero al parecer hay más casos como el mío, aunque pocos después de tantos años de episodios. ¿Qué alguien no se lo cree? Pues oye…, qué le vamos a hacer. He tenido tantos testigos en 17 años, que…Y sobre todo, francamente, lo único que me importa es no seguir padeciendo ese dolor. Lamento que a otros no se les pasé jamás. Yo no sé si hubiera podido soportarlo.