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“Nosotros vemos lo peor de la condición humana, pero también lo mejor”

Publicado en La Razón

HERNAN ZIN, reportero de guerra, escritor y director de documentales.

 

Hay quien dice que los reporteros de guerra de ahora se juegan aún más la vida que los de antes. No es que se dejen olvidado el chaleco antibalas en la camioneta o que se acerquen más a los lugares de conflicto que sus compañeros del pasado, es que ahora están solos. Ya no cuentan con el respaldo de los medios como antaño y han de vender las imágenes que consiguen esquivando bombas y grabando el horror de la crueldad  y la muerte,  a razón de 45 euros la pieza. Antes tampoco  se hacían ricos, pero al menos viajaban apoyados.  Aunque en realidad muchos han sido freelance siempre. Así que siempre estuvieron solos de algún modo.  O mejor dicho, acompañados por sus ganas de vivir. Porque más allá del mito de la tabaco y el alcohol  ellos son adictos a la vida. Hernán Zin, reportero de guerra y autor de ese magnífico documental donde se descubre el dolor de los periodistas que regresan con la memoria a las zonas de conflicto, titulado “Morir para contar”, también lo es, como todos, aunque a su manera.  “Lo mío es el deporte- asegura- .No es que yo me quiera hacer la Madre Teresa, pero igual que otros beben o fuman y a mí me parece genial, yo soy un loco del kite y del snow. Hago deporte todos los días, es lo que me mantiene la cabeza, donde canalizo, cuando no pienso en nada y me olvido de la guerra, de las víctimas y de todo. Es mi terapia. Pero me gusta la vida también. Supongo que porque vemos tantas muertes somos muy de la vida, de vivir” Tal vez por eso a Hernán, un buen día le sonó un “click” en el cerebro y el miedo acumulado se le esparció por las venas. Fue el germen de este documental  “En 2102, estando en Afganistán para Canal Plus sufro un ataque de pánico estando en un blindado. De pronto mi cabeza dijo “basta” y mi vida cambió. Fue como si mi cerebro creara anticuerpos para los lugares pequeños: no podía estar ni en un avión pequeño, ni en una trinchera, ni en un túnel… Había creado anticuerpos para el trabajo de reportero. A partir de ese momento mi vida cambio y  quise preguntarme si a otros compañeros les había pasado lo mismo y qué habían hecho para solucionarlo” A partir de ahí,  Zin, empezó a interrogar a sus colegas, empezando por Gervasio Sánchez y David Beriain y descubrió que todos, en mayor o menor grado, pasaban por lo mismo. Era el estrés postraumático. Algo que va incluido en la profesión. “Ese fue el punto de partida. Y el segundo saber que en España –que es mi tierra de adopción- ha habido grandes reporteros, desde Vietnam hasta ahora,  generación tras generación y que no se les valora mucho. Hay dos premios Pulitzer, tantos World Press Photo, tanta gente como Gervasio, Ramón Lobo, Javier Espinosa o tantos otros para rendirles homenaje…” Esa catarsis colectiva de los corresponsales que se recoge en “Morir para contar” debe de haberle servido también al propio Hernan Zin para repasar el porqué de arriesgar la vida una y mil veces. Hay quien asegura que es pura vocación, pero…”Yo eso no se lo pregunté a nadie, así que solo te puedo hablar de mí. El cliché es que tiene que ver con la adrenalina, pero…, uno por adrenalina hace parapente, ¿no? Yo he tenido mucha suerte en la vida. Todo me ha salido bien. Tengo una familia maravillosa, unos estudios…, me parecía que era un poco mi deber dar voz a la gente que no había tenido la misma oportunidad. Por equilibrar la balanza. A mí eso es lo que me llamó, el sufrimiento ajeno. Y no hay mayor sufrimiento que la guerra” Gente que sufre y que quiere que los reporteros cuenten lo que les sucede. Aunque a veces, los reporteros se dejan la piel para trasladar una historia que luego pasa desapercibida “La gente te agradece que les escuches y los acompañes. Luego el impacto que tienen los trabajos se nos escapa de las manos. Yo he hecho documentales sobre pederastia que han cambiado historias y han metido a gente en la cárcel y he hecho cosas que pensé que iban a ser un pelotazo como cuando estuve tres años entrevistando a mujeres violadas en la guerra, que pasó sin pena ni gloria. Pero es muy bonito estar ahí para ayudar y reconfortar. Porque nosotros vemos lo peor de la condición humana, pero también lo mejor y eso te da mucha esperanza.” Ahora que Hernán habla de las mujeres y de las violaciones me animo a preguntarle, sabiendo que entre sus numerosas crónicas de guerra y documentales hay uno sobre ellas -“La guerra contra las mujeres”- y que aparecen también en “Morir para contar”, si tener por compañera a una mujer en la guerra no duplica los riesgos. Al fin y al cabo, las mujeres siempre son objeto de varias guerras además de la que se libra… “No lo creo. Es más creo que tener una mujer al lado te abre muchas puertas. Incluso por el interés que despierta en un mundo de hombres. Nunca me he sentido incómodo por trabajar con una mujer. Al contrario, me despierta admiración. Y las veo en algún punto más fuertes que nosotros, más decididas. Tienen una valentía inspiradora” A veces la valentía también está en quienes esperan a los que se van a la guerra.“Yo creo que por eso siempre me pareció que lo peor que me podía pasar era que me secuestraran. Si te matan, el dolor de tu gente acaba ahí; pero la angustia de un secuestro…, creo que es muy duro también para el que secuestran que piensa en que su familia le está esperando, en el dolor que le está causando.” El miedo del reportero siempre parece más miedo por los otros que por él mismo. Por eso muchos no tienen hijos y siempre le deben algo a sus madres “Yo no he tenido hijos porque me parecía muy egoísta irme a la guerra teniendo niños en casa. Ahora que ya casi lo he dejado podre tenerlos; el problema es que encontrar una pareja es más complicado que sobrevivir a la guerra…También es duro pensar en los padres y las madre. La mía es de una enorme generosidad y nunca me ha preguntado nada, ni me ha puesto una pega; pero dejar a un niño solo es durísimo. Para mí ese siempre ha sido un poco el límite. “

 

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Hernán Zin nació en Buenos Aires, está soltero, no tiene hijos y se siente orgulloso “de mi trabajo”. Se arrepiente “de no haberlo hecho mejor con la gente a la que quise por haber estado demasiado centrado en el trabajo”. Perdona “todo, no tengo enemigos ni resentimientos. La vida es demasiado corta. Y lo que se aprende en la guerra es que si te pegan un tiro es porque estabas en medio. Nada personal.” Y olvida “todo: demasiada información”. Le hace reír “el humor inteligente y la ironía” y llorar “las injusticias. Lloro mucho. En “Nacido en Siria” (documental sobre los niños sirios) no veía por el visor de la cámara de tanto que lloraba de rabia”. A una isla desierta se llevaría “Un kindle con muchos libros”. Le gusta “la comida súper sana y no bebo alcohol hace veinte años” Tiene miles de manías “ente ellas hacerlo todo el día 22. Mi empresa se llama Dos Veintidós Films. Hasta tengo un 22 tatuado en la espalda” Se le repiten muchos sueños angustiosos “sobre todo claustrofóbicos o relacionados con la gente que quiero. No sale gratis ver tanto dolor”, de mayor le gustaría “dedicarme a la ficción. Hacer una peli de vez en cuando, un libro (ha publicado ya su primera novela, “Querida guerra mía” y kite… “ Y si volviera a nacer “haría exactamente lo mismo, pero me lo tomaría menos en serio”.

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