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Y nos echamos a la calle…

Era lo esperado y sucedió. Cual si se tratara de leones, salimos todos a la calle, tras meses enjaulados, a pasear con libertad y devorar la noche. Solo que los leones no se empapan en alcohol cuando andan sueltos y los humanos, sí. Y más allá de los temores de coronavirus, las advertencias de una nueva ola que desbarate el espejismo o el miedo terrible a que las UCIS se colapsen de nuevo, los muertos se multipliquen y la pesadilla vuelva a comenzar, los humanos decidimos que nos merecíamos celebrar que estábamos juntos, tras tanto aislamiento obligatorio. Una estupidez, sí. Pero comprensible. En los tiempos anteriores a la pandemia, los botellones eran consustanciales a las noches de los sábados en toda la geografía española. Y no solo los de los más jóvenes. En un rango de edad bastante amplio, salir a divertirse significa en el mundo entero salir a emborracharse. Cosa que no había sucedido o al menos no en ese escaparate que es la multitud, desde hacía meses, que nos parecían años. Lo que ocurrió, poco tiene que ver con Madrid, Barcelona o Tombuctú. Tampoco con la libertad pregonada por Ayuso a la que algunos políticos de la izquierda quieren aferrarse como si fuera su tabla de salvación y dejara el pecado en la Puerta del Sol. No. Todo está relacionado con la irresponsabilidad política que nos ha traído hasta aquí, como siempre priorizando los intereses de los que ostentan el poder en vez sobre el bienestar aquellos sobre los que lo ejercen.

El Gobierno central levanta el estado de alarma de un día para otro, sin un plan, sin consensuar la medida con los autonómicos, dejando al país, como siempre, en un estado de confusión, tras tanto tiempo de encierro y de pánico. “Pues si el Gobierno lo hace —piensa el pueblo— será que el riesgo ahora es menor, así que celebrémoslo, bebiendo y emborrachándonos”.

El alcohol es la anécdota, aunque haya llenado los hospitales de ebriedad, cuando aún no se han liberado del coronavirus. Lo más grave es que la actuación de los políticos ha confundido tanto a la sociedad como para llevarla a pensar que se encuentra a salvo. O, al menos, medianamente a salvo. Lo suficiente como para recuperar nuestras vidas al sonar la campana del recreo.

Si esta medida o mejor dicho esta falta de medida tiene consecuencias irreversibles y volvemos a los tiempos más oscuros, los políticos se echarán las culpas unos a otros, pero acabarán rodando las cabezas más altas, porque, al final, el pueblo es capaz de permanecer sobrio cuando toca, para llegar a las urnas y decidir. ¿Que la culpa de lo que pase será de los que nos echamos a la calle? Somos los mismos que hemos permanecido cumpliendo las normas y las reglas desde que comenzó la pandemia. ¿Acaso las impusieron sin que hiciera falta? ¿Acaso ahora nos las han quitado por puro juego político y poniendo nuestra salud en juego?

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