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Lujo

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Hoy les quiero hablar del concepto lujo. O mejor dicho, de mi concepto del lujo. Hay personas que asocian el lujo a los objetos y a su precio. Yo, por el contrario, lo entiendo relacionado con los afectos. El mayor de los lujos es vivir, respirar, gozar de la naturaleza y, sobre todo, compartir la vida con los seres queridos. Durante los tiempos de bonanza, el lujo se volvió tan hortera que no consistía en otra cosa que no fuera rodearse de productos caros y tan brillantes como para que los demás los reconocieran. Y ese intento de epatar a través de las cosas, no desapareció con la crisis, al revés, se multiplicó, como las ganas de algunos de sentirse distintos a partir de los disfraces, en vez de hacerlo desde las emociones. Sin embargo, los más grandes productores del lujo, los diseñadores más afamados, siempre supieron que el concepto del lujo provenía de la autenticidad y se fueron a buscar la inspiración de sus creaciones a los lugares más recónditos, donde todo lo étnico gozaba de esa magia de la singularidad. Más allá de que la pura esencia del lujo provenga de tales espacios, generalmente pobres, pero llenos de identidad personal, el lujo del siglo XXI consiste en saber aprovechar las cualidades intrínsecas de los pueblos y su tradición y su mensaje y asociarlos no solo a la rentabilidad, sino también a la solidaridad.

Conseguir que en comunidades africanas, indias o latinoamericanas, donde sobrevivir es un éxito, se realicen trabajos exclusivos y únicos, perfectamente diseñados y elaborados con materias primas naturales y autóctonas, en procesos que no dañan el medioambiente, no solo contribuye a lo sostenible, sino también a lo solidario. Y el lujo de nuestro tiempo tiene que ser sostenible y solidario, porque si no, deja de ser lujo. Conviene, eso sí, no confundir el concepto de “caridad” con el de solidaridad. Ni tampoco el souvenir cutre por el que apenas se paga nada con los productos de calidad que valen el precio que cuestan y que son pura artesanía bien hecha y exclusiva, es decir, puro lujo. ¿El ejemplo? Los bolsos, faldas y otros enseres de Leticia Valera, confeccionados en talleres solidarios de Senegal (o en otros de Valencia donde las artistas artesanas son mujeres inmigrantes o maltratadas), o los Immshoes de Belén H. Sánchez, hechos por inmigrantes, con los excedentes de piel de las marcas de lujo y con reminiscencias del calzado de tribus indígenas. Es otra manera de concebir el glamour (una palabra que, curiosamente, significa “brillo falso”) y apartarlo del “bling bling” para que resplandezca de verdad. Ese lujo auténtico y glamuroso será, además, el que salve al mundo, frente a ese otro “lujo” del pasado, explotador y alejado de la naturaleza, que se empeñó durante tantos años en destruirlo.

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