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Entrevistamos a Marta Robles, directora y prologuista de la colección SinFicción

Publicado en Cartagena Negra 

El true crime ha experimentado un gran auge e interés en los últimos años. En Cartagena Negra ya hemos organizado varias mesas redondas en torno a este fenómeno literario y en septiembre volveremos a contar con autores de la colección SinFicción editada por Al Revés, pionera en el género, para tratar a fondo los temas que hacen que el true crime sea uno de los géneros que más están creciendo entre los lectores de novela negra.

Marta Robles es directora y prologuista de la colección, que ya cuenta con nueve libros editados, y hemos querido conocer de primera mano todo lo que hay alrededor de esta colección. También hablamos con ella de otros asuntos igualmente duros y de sus nuevos proyectos.

 «Todos llevamos un investigador dentro al que nos gusta poner a prueba a través del género negro y más aún del true crime”

Últimamente el llamado “true crime” parece haber experimentado un importante auge, ¿a qué crees que se debe, a la curiosidad innata del ser humano o al aumento del mal en nuestra sociedad?

Creo que hay dos razones básicas para que se haya incrementado el interés por el género negro en general y por el “true crime” en particular. Por una parte están el propio miedo que nos provoca el mal y nuestra necesidad de explicar que obedece a razones concretas para sentirnos a salvo. Sabemos que el mal se encuentra entre nosotros y que es posible que tras la apariencia tranquila de nuestro vecino se esconda un monstruo e incluso que emerja de nuesto interior. Y eso nos aterroriza. Por eso queremos conocer hasta los detalles más nimios de cada caso, para tratar de descifrar, a través de ellos, los motivos que llevan a los asesinos a cometer sus crímenes. Saber que existe un detonante de la maldad parece que nos mantiene a salvo y nos garantiza que si no existe y no hay locura de por medio solo veremos a los malos en la distancia. La realidad nos demuestra, sin embargo, que hay malos que lo son sin estar locos y sin que nada provoque su maldad y que, por esa chispa de un segundo, tal y como decía Simenon “un asesino es cualquiera de nosotros un segundo antes de cometer un asesinato”.

Por otra parte, todos llevamos un investigador dentro al que nos gusta poner a prueba a través del género negro y más aún del “true crime”. Este último, que se lee de otro modo por ser verdad, alimenta nuestra infinita curiosidad, que difícilmente puede ser saciada en los medios de comunicación, donde se suelen dejar diversas preguntas sin respuesta.

La colección Sin Ficción, que diriges en la editorial Alrevés, es una de las que más presencia está teniendo, tanto por nombres como por volúmenes publicados, ¿cómo está resultando la experiencia?

Yo diría que esta colección es la única que existe en España, al menos con sus características. No solo la dirijo, también la prologo. Y soy yo quien busca a los autores, elijo con ellos los casos… Esta colección fue una idea mía. Se la propuse a Gregori Dolz, de Alrevés, porque pensaba que había un hueco clarísimo para ella, precisamente por ese interés de siempre por la crónica negra y por las tantas preguntas que quedan sin respuesta, por motivos de espacio, de premura, de prioridades…

Soy periodista además de escritora y no solo conozco bien el trabajo de mis compañeros, sino que lo valoro enormemente, porque sé que no lo podría hacer cualquiera y que exige una entrega y un rigor absolutos. Al principio de la colección fui a buscar a los mejores. Y lo sigo haciendo, aunque ahora tengo la suerte, además, de que muchos de ellos llaman a nuestras puertas porque ya conocen la colección y les apetece formar parte de ella. El reto es importante, porque a todos les pido que desmenucen los casos sin añadir una coma de ficción y con la estructura de una novela negra. Y cada uno lo hace desde el punto de vista que elige y con su particular manera de contar. Para mí es un privilegio pilotar a todos estos grandes del periodismo (o en ocasiones de otras profesiones), que son, además, grandes escritores.

¿Hasta qué punto crees que es importante que un país conozca sus crímenes, y con ellos una parte de su Historia?

Creo que, en buena medida, los crímenes explican la evolución de la sociedad, nos explican a nosotros mismos. El mal se repite una y otra vez, pero va desarrollándose de distintas maneras a lo largo de la historia de la humanidad. Pienso que, aunque conocer el mal no nos vuelve inmunes a él ni tampoco evita que haya malos o que nosotros nos podamos volver malos, sí nos procura herramientas para la reflexión.

«El mal es consustancial al ser humano. Nunca vamos a conseguir erradicarlo. Lo que tenemos que hacer es tratar de ponérselo lo más difícil posible a los malos»

Fuera de la colección han aparecido también volúmenes como los de Mabel Lozano, hablando de la trata y la pornografía, ¿qué tienen estas dos lacras, que a pesar de ser conocidas, no terminan de erradicarse de nuestra sociedad?

Precisamente el primer libro de Mabel, El proxeneta, es, de algún modo, el germen de esta colección. Ella, que es directora de cine social, nunca había escrito un libro antes y fui yo quien la empujó a hacerlo y quien la llevó de la mano a Alrevés. Incluso, para paliar las inseguridades primeras de la escritura, me puse yo misma como editora de mesa con ella y trabajamos codo con codo, para que la forma apuntalara ese fondo extraordinario que Mabel consiguió dejar al descubierto gracias al testimonio de un proxeneta arrepentido y de su propio conocimiento profundo del negocio de la trata de mujeres con fines de explotación sexual, al que lleva dedicada más de una década.

Fue tras el interés que despertó el libro de Mabel cuando me di cuenta de que existía ese hueco para una colección como Sinficción, con esas características ya mencionadas: ni una coma de ficción y una estructura de novela negra. El siguiente libro de Mabel, junto a Pablo J.Conellie, tiene otro tipo de estructura y por eso no nos planteamos que estuviera dentro de la colección. Los dos son libros interesantísimos, que recogen dos vertientes diferentes del mismo problema que supone, como dices, una enorme lacra de la humanidad. ¿Qué por qué no termina de erradicarse? Tampoco lo hacen los asesinatos ni ningún tipo de violencia. El mal es consustancial al ser humano. Nunca vamos a conseguir erradicarlo. Lo que tenemos que hacer, creo, es tratar de ponérselo lo más difícil posible a los malos, a través de la concienciación, del compromiso de la sociedad -que a veces se logra dándole a conocer los pormenores del mal- y por supuesto de las leyes. Son muy importantes el periodismo y la no ficción para lograrlo, pero también la ficción, porque muchas veces acabamos acostumbrándonos al mal a través de los mil y un reportajes y documentales y solo la ficción es capaz de conmover a nuestros endurecidos corazones. Por eso es tan importante la forma en la que se ofrecen los casos en nuestra colección. Esa estructura de novela negra que logra conmover y esa distancia a la hora de contar, en la que no hay voluntad de adoctrinar ni moralizar, sino de abrir los ojos del lector y abocarle a la reflexión personal son nuestras señas de identidad.

«España está llena de puteros y la prostitución sigue demasiado normalizada en la sociedad.»

– ¿Qué deberían hacer entonces los gobiernos para acabar de una vez con este tipo de explotaciones, es una labor suya, o todos debemos poner de nuestra parte cambiando, por ejemplo, ciertas actitudes?

Después de editar El proxeneta decidí escribir una novela, bajando al último escalón del infierno de la trata de mujeres y fijándome en un asunto que nunca antes se había tratado respecto a las víctimas: el cáncer de mama. Quería que a través de La chica a la que no supiste amar viviéramos, casi en primera persona, la soledad de esas mujeres que son iguales que nosotras, con los mismos sueños, las mismas ilusiones y los mismos deseos… e idéntica capacidad de enfermar. Y dejar al descubierto que lo único que nos diferencia es que ellas se tienen que enfrentar a sus tragedias solas. Si un cáncer de mama para cualquiera de nosotras es un pequeño o gran drama, al menos, si nos toca, tenemos herramientas para luchar contra él y lo hacemos acompañadas de profesionales y seres queridos. A ellas, que lo viven en la más pavorosa soledad, el cáncer de mama les puede dejar convertidas en material inservible para la prostitución y costarles la vida por eso y no por la enfermedad…

Quizás ese asunto no se conocía hasta ahora, pero, ¿el resto? ¿Cuantos miles de noticias, reportajes, documentales, novelas, películas hemos visto sobre la trata? Está claro que todos sabemos que existe y de algún modo todos somos cómplices si volvemos la cabeza cuando vemos un club o una esquina donde sabemos que trabajan esclavas sexuales. El asunto nos compete a todos. ¿Leyes? Por supuesto. Como decía antes, hay que ponérselo lo más difícil posible a los malos. No erradicaremos la prostitución ni la trata, pero con que consigamos salvar a una mujer, habrá valido la pena. Pero, claro, además de las leyes, están la concienciación y el compromiso. España está llena de puteros y la prostitución sigue demasiado normalizada en la sociedad. Todos tenemos que poner de nuestra parte, empezando por la manera de considerar a las víctimas de trata que, insisto, son iguales que el resto de las mujeres, solo que han tenido la mala suerte de nacer en un sitio determinado y con unas condiciones de precariedad determinadas.

Todos debemos hacer ese ejercicio: hombres y mujeres. Pero los primeros tienen que concienciarse, además, de que consumir prostitución es comprar carne humana, generalmente de esclavas. En La chica a la que no supiste amar, la reflexión sobre este asunto la hace el propio detective Roures, porque me parecía interesante plantearla desde un punto de vista masculino. Muchas veces las mujeres nos juntamos para combatir los problemas que nos afectan y dejamos fuera a los hombres. Y es preciso que los incluyamos en nuestra lucha, porque muchas veces son parte del problema o, como en este caso, el propio problema. Porque si no hubiera demanda de prostitución, tampoco habría oferta y el negocio de la trata de mujeres no sería tan lucrativo y, por tanto, tan atractivo para los malos oficiales. Si los hombres no se conciencian poco se puede hacer. Así que esto es cosa de todos, sí. Pero de ellos, si cabe, más aún.

¿Qué papel crees que están desempeñando los jóvenes y las nuevas tecnologías en esta compleja situación?

Se sabe desde hace mucho tiempo que los jóvenes acceden cada vez con mayor rapidez al mundo de la pornografía. Internet es difícilmente controlable y está lleno de trampas que te llevan a la pornografía. Y cuando un chaval ve pornografía, para empezar, se confunde y piensa que así es el sexo real. De hecho, el comportamiento de los chavales en el sexo tiene mucho que ver con ese asunto. Las manadas, el sexo grupal, determinadas prácticas que de pronto se vuelven habituales… Incluso en la prostitución, los jóvenes, atraídos por los proxenetas, se comportan casi con crueldad y les exigen a las mujeres prostituidas las prácticas más abyectas y las vejan y las maltratan sin piedad… Y tiene mucho que ver con el reflejo del porno al que acceden sin estar preparados para ello. Luego está el otro lado, el negocio de la trata en el porno que es lo que exploran de una manera contundente Lozano y Conellie en su libro.

«Cada vez que se produce una crisis en la sociedad, retrocedemos un paso en la lucha por la igualdad»

Da la sensación, tras conocer detalles de ambos mundos gracias a vuestros libros, de que por muchas campañas de igualdad que existan, a la mujer nunca se la considera como un igual en esta sociedad, ¿es así?

La historia de la humanidad se ha escrito sobre la desigualdad entre hombres y mujeres. Vamos dando pasos hacia la igualdad, pero dependiendo de las circunstancias, de pronto volvemos a caminar de lado o damos marcha atrás. En general, cada vez que se produce una crisis en la sociedad, retrocedemos un paso en la lucha por la igualdad, que yo pienso que solo se conseguirá si nos interesa tanto a los hombres como a las mujeres y si no se plantea el feminismo como un movimiento político, sino social, en el que cualquier mujer, independientemente de sus características y pensamiento pueda tener cabida, y que tienen que apoyar los hombres.

Durante mucho tiempo, la prostitución ha aparecido en la novela negra casi como algo romántico, y a la mujer se la ha tratado como un elemento narrativo de segunda, ¿podemos pensar que ahora eso está cambiando en el género?

Bueno, claro. Es que no hace tanto, en la España franquista, por ejemplo, hasta estaba bien visto que los chicos se “estrenaran” con una prostituta. A los hombres les divertía y las mujeres lo aceptaban, como si fuera parte de las reglas del juego. En el género negro las prostitutas no aparecían como víctimas de trata sino como mujeres a las que la vida les había empujado a acodarse en una barra, pero de la que podían irse casi cuando quisieran, sobre todo si alguien las salvaba. Mujeres tristes que compartían humo y alcohol con los protagonistas del género y que estaban en un segundo plano.

Ahora las cosas han cambiado mucho. El periodismo, los documentales y la investigación han hecho que la sociedad sepa que las prostitutas no son mujeres de vida alegre que eligen su destino porque es menos esforzado que otro, sino que, casi siempre, son mujeres a las que la precariedad económica o emocional les conduce a la prostitución y que, en nuestros días y desde hace mucho, la mayor parte de ellas son víctimas de trata, es decir, esclavas.

Pero, además, la sociedad ha evolucionado e igual que ahora las mujeres pueden acceder a puestos y espacios que antes les estaban vedados, en el género negro ocupan lugares de relevancia y se convierten en protagonistas como investigadoras o como malvadas. Esa presencia femenina activa y relevante de las mujeres en el género -también como escritoras- cambia mucho su perspectiva, desde luego que sí. En realidad, es un reflejo de la vida también. Queda mucho por hacer, desde luego, pero las mujeres del siglo XXI ni se comportan como las de antes ni se conforman como las de antes, no quieren ser perfectas sino libres y están en todas partes.

Y ya que estamos, ¿por qué el género negro está últimamente tan floreciente?

Pues un poco por lo mismo que el “true crime”, por esa fascinación por el mal, al que tanto tememos y queremos explicar, y por el investigador que llevamos dentro. Además, es un género especialmente atractivo por su propia estructura y ese lenguaje más directo, descarnado y desadjetivado, que contribuye al dinamismo de los relatos. Borges decía que a los académicos nunca les interesó mucho el género policial porque no era lo suficientemente aburrido… Las novelas negras (las buenas, claro), son además de comprometidas o de contar con elementos de denuncia, muy entretenidas. Y lejos de ser menos interesantes literariamente, pueden estar muy bien escritas y casi siempre contienen elementos para el aprendizaje. Y encima pueden ser muy conmovedoras, porque además del crimen, en ellas están presentes los sentimientos. En realidad, en el género negro se habla de lo mismo que en todos los géneros: del amor y de la muerte. Pero se cuenta de una manera particular, que resulta muy atractiva.

Hablemos ahora con la novelista, después de tres entregas publicadas, ¿cómo han sido esas tres convivencias con Tony Roures?, ¿qué os habéis aportado la una al otro y viceversa?

Bueno, yo llevo escribiendo desde que era una niña, como sabes. Y publicando desde que era muy joven. No ficción desde el año 91 y ficción desde 2001. Dieciocho libros, ni más ni menos… Pero la llegada de Roures a mi vida y mi incursión en el género negro -que se produjo antes, a través de un relato pornocriminal que me encargaron para el libro titulado Obscena, de Alrevés, por cierto-, me ha hecho encontrar mi propio estilo, mi manera de contar. Yo sabía, desde siempre, que un día me zambulliría en el género negro, del que soy devota desde pequeña, pero no quise hacerlo hasta que una historia y un personaje me encontraran a mí. Y eso sucedió con A menos de cinco centímetros y Tony Roures.

Desde entonces, creo que ambos hemos crecido y evolucionado mucho. Sobre todo, porque nos hemos atrevido a contar cosas que antes nos hubiéramos callado. Y no tanto respecto a las propias tramas oscuras, sino a los sentimientos y las emociones. Roures tiene ya su público fiel. Y eso es una responsabilidad porque no quiero defraudarlo. Lo más sorprendente de todo es que ya en la primera página de A menos de cinco centímetros estaba el germen de La mala suerte y en La mala suerte estaba presente el de La chica a la que no supiste amar. Y he de decir que en esta última también aparece el de la cuarta aventura de Roures, que estoy escribiendo ahora mismo.

 ¿Volveremos a disfrutar próximamente de él?

Pues espero terminar la novela y que así sea, ja,ja,ja… Pero, estoy escribiendo despacio, paladeando las palabras y la historia. No quiero precipitarme. Escribí las tres primeras muy seguidas y después el ensayo novelado Pasiones carnales, para curarme un poco las heridas que me había dejado involucrarme tanto en los asuntos más oscuros. Y ahora que estoy de nuevo agarrada de la mano de Roures quiero disfrutar de él aunque sea en medio de la turbiedad que siempre le envuelve.

«Creo que hay muchas novelas que pierden calidad literaria porque sus autores escriben más con mentalidad de guion que de novela

En tus novelas parece haber un poso importante de cine, por la forma de narrar, y de música, por la afición de tus personajes, ¿son dos de tus deudas literarias?

Yo no estoy tan segura de que en mi literatura haya un poso de cine en la forma de narrar. Lo que sucede es que el tipo de lenguaje del género negro es más dinámico y de algún modo más visual. Pero a mí me gusta que mis novelas sean literarias y no las escribo pensando en que mañana puedan pasar a lo audiovisual. De hecho, creo que hay muchas novelas que pierden calidad literaria porque sus autores escriben más con mentalidad de guion que de novela. Yo desde luego no lo hago. Lo que sí hay en mis novelas son muchas referencias cinematográficas, porque el cine también es parte de mi vida y de la de Roures. Como también las hay literarias y musicales. A Roures le gusta la literatura, el cine, la música… Como a mí.

Y ya que hablamos de lo cinematográfico, ¿qué tal la experiencia con los cortometrajes?

Muy buena. En realidad, el cine no era para mí, qué se yo, mecánica cuántica… Quiero decir que yo estudié Ciencias de la Información, rama de Periodismo, y teníamos dos años comunes con Imagen y sonido, por lo que estudié asignaturas de cine y técnicas audiovisuales. Y además saqué buena nota en ellas. Por otra parte, he dirigido y presentado un montón de programas en televisión y he montado muchísimas noticias y reportajes, así que… No es que el cine y la televisión sean lo mismo, pero el haber trabajado tanto en la tele te proporciona cierta soltura en el manejo de la cámara, en saber cómo quieres los planos para que luego te cuadren en el montaje etc. Eso y mi amor por el cine que me ha llevado a ver innumerables películas que han tenido una enorme influencia en mi vida, ha sido de gran ayuda.

En el caso de mi corto, la influencia de Guy Ritchie es innegable. Es un corto muy poco convencional, que tiene poco que ver con lo que se hace en España. Es muy anglosajón. Por la estética, por el hecho de que esté vehiculado por la música y que la música cuente tanto como la propia imagen o el diálogo (que apenas son un par de frases), porque los títulos de crédito estén incluidos en la narración… Ha sido una aventura muy bonita, con mucho esfuerzo, que no habría sido posible sin la codirección de Tamara González y el trabajo de un equipo estupendo, Y tengo que subrayar, llena de orgullo, que mi hijo mayor, Ramón Robles es el protagonista y mi hijo mediano Mitch Martin, ha sido quien, junto a su grupo, Essex, ha compuesto la música. Estoy muy contenta con el resultado. Lo ha comprado Movistar, donde se emite desde julio y hasta diciembre, está viajando por muchos festivales y lo hemos empezado a presentar a otros, para ver si conseguimos algún premio. Pero el mejor premio de todos será lograr que la esencia de La chica a la que no supiste amar y ese mensaje sobre la trata de mujeres y el cáncer de mama que aparece en él, haga reflexionar, sobre todo a los más jóvenes.

Por ahí siguen diciendo que la gente no lee, ¿cómo se explica entonces la eclosión de tantos festivales negros? Ahora que acabamos de asistir al nacimiento de Gata Negra, ¿qué opinión te merecen?

Precisamente hace unos días escribí un artículo sobre Gata Negra, donde tuve el honor de participar con mi corto y novela y en una mesa sobre el “true crime”, con los autores de Sinficción. Fue una experiencia extraordinaria. Y mira que me costó llegar, porque desde Mallorca no era nada fácil… Pero disfruté mucho de la compañía de los colegas y amigos, del entusiasmo de los organizadores y de cuantos trabajaban en el festival y sobre todo de la devoción de los lectores que incluso se quedaron a las mesas finales pese a un frío helador que nos sorprendió a todos en la noche de despedida. Le auguro larga y feliz vida, de la mano de su comisario, Luis Roso. Y estábamos en Moraleja, un pueblo de 6.000 habitantes.

¿Que España no lee? Se vuelca en los festivales, participa, atiende, compra libros…Incluso en los pueblos más pequeñitos (allí llega esa iniciativa mágica de Maribel Medina llamada “Mi pueblo lee”), los lectores se echan a la calle para recibirnos a los escritores. Es verdad que ahora hay mucho lector sin paciencia que se queda prendido a las redes sociales y no soporta textos largos y menos aún libros; pero, pese a todo, en la pandemia hemos visto cómo al principio las series lo ocupaban todo y cómo, poco a poco, los libros se hacían hueco y se recuperaba el gusto por leer. De hecho, el balance editorial ha sido muy positivo. Vamos, que yo creo que España lee. Que lo que hay que hacer es ayudar a los lectores a encontrar su lectura y a descubrir que leer es vivir dos veces, pero que lectores hay.

Para finalizar, con una trayectoria tan amplia y variada como la tuya, ¿dónde se encuentra más cómoda Marta Robles, en televisión, escribiendo ficción, no ficción, editando y prologando, dirigiendo…?

Solo me he dedicado a una cosa en mi vida: a contar historias. Desde la prensa, la radio, la televisión, los libros y ahora el cine. Bueno, miento, porque tuve que pagarme COU y la carrera de periodismo con mi trabajo y trabajé en mil cosas. Pero desde antes de terminarla hasta ahora, nunca me he desviado y siempre me he dedicado a contar historias. Yo siempre quise ser escritora, desde niña. Mi vocación de periodismo era inexistente. Me empujó a la carrera mi primer novio. Yo quería estudiar filosofía pura. Pero acertó y es verdad que desde el primer día de clase noté que se me metía el periodismo en las venas y ya nunca ha vuelto a salir. Por eso nunca dejaré de ser periodista, aunque en algún momento abandoné por completo el periodismo activo para dedicarme exclusivamente a escribir, que es lo que jamás podre dejar de hacer, lo que es consustancial a mí, lo que necesito para sentirme viva. Eso y antes de eso, por supuesto, leer y leer.

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