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Incertidumbre covid

Publicado en La Razón

Apartada de todo, en un rincón de Mallorca sin bares, donde apenas hay movimiento de turistas más allá de lo familiar y las reuniones se reducen a las de las casas y nunca son multitudinarias, tiendo a creer que la COVID 19 no es ya más que un mal recuerdo… Hasta que abro los periódicos de cada día y me doy cuenta de que la pesadilla continúa. Los agostos españoles siempre han sido una especie de isla de utopía, donde desaparecen los problemas y se multiplican las maravillas. Los veraneantes aparcamos las angustias cotidianas durante este mes -incluso aunque permanezcamos en nuestros lugares de residencia- y nos dedicamos a vivir esa vida-espejismo que tan poco se parece a la realidad.  Luego llega septiembre y nos damos de bruces con las obligaciones y caemos en las garras de la depresión por estrés postvacacional. O caen. Porque a mí nunca me sucedió, pese al hormigueo en el estómago y a ese miedo consustancial al comienzo de las cosas distintas, que suele acompañarnos siempre a los freelances. Salvo el año pasado. Volver a casa con la esperanza de un COVID menos agresivo o casi extinguido y con el pensamiento de recuperar la vida detenida y encontrarme con que aún éramos auténticos presos del virus me noqueó. Tanto que me costó terminar el 2020 con cierta alegría. Poco a poco, en el 21 fue emergiendo la sensación de libertad y me consoló de los meses perdidos, pero no evitó que llegara a agosto con una cierta congoja que no se me va. Sobre todo cuando repaso los datos de la enfermedad y me da por preguntarme si en ese septiembre donde la realidad arrecia, la COVID tiene previsto volver a arrinconarnos una vez más.
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