Publicado en La Razón
Siempre quise tener pueblo. Un lugar pequeño de origen, donde todo me resultara propio y conocido. Pero nací en Madrid, como mis padres, así que soy madrileña de pura cepa, gata incluso, creo, porque mis abuelos también son madrileños, aunque no todos de la Villa y Corte –mi abuela materna era del pueblo de Aranjuez–.
Sin embargo, en los últimos tiempos, ha ocurrido algo extraordinario. Los madrileños hemos empezado a sentirnos orgullosos de nuestra madrileñismo.
Ha sucedido durante la pandemia y a golpe de batuta de Isabel Díaz Ayuso. No es que los ayusistas se hayan vuelto más madrileños, es que Ayuso (creo que sin darse cuenta) ha proporcionado herramientas a todos los de aquí, para no tener vergüenza de ser de un lugar tan hiper compartido, sino exactamente lo contrario.
El localismo inexistente durante siglos, de pronto ha pasado a ser una de las señas de identidad de los madrileños, que ya empezamos a presumir de donde hemos nacido y de las gracias y maravillas que hay en nuestra ciudad y comunidad.
Por fin ser de Madrid no supone no ser de ninguna parte, sino que otorga ese poderío que sienten en cualquier otra rincón de España, donde alzan la cabeza para decir el nombre de su pueblo, su ciudad y comunidad.
Así que, no tengo pueblo…, pero soy de Madrid.
