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Ídolos con pies de barro

Leo los comentarios de diversos periodistas en las redes principales sobre Iván Redondo, tras la entrevista de Jordi Évole y me viene a la cabeza la erótica del poder. Hasta que Redondo no salió de Moncloa -nunca sabremos si por voluntad propia o patada presidencial-, desde los medios de comunicación se alababa su pericia política y hasta su maquiavelismo día sí y día también. Era un gurú tan infalible como para poder elevar al poder a cualquiera, independientemente de su partido y su capacidad. Un mago. El hombre misterioso al que todos se jactaban de conocer, haber conocido o estar a punto de conocer… Eso pasó. Como el viento. Si el presidente Sánchez, en su salida, le hubiera agradecido específicamente sus logros y hubiese dejado clara una línea de conexión entre ellos, tal vez los palmeros de la política no se hubieran lanzado a la yugular del asesor; pero ese mutismo de Pedro respecto al que fuera su confesor, su constructor y su amigo (o tal vez no tanto en ninguna de las tres facetas), ha dejado a Redondo a la intemperie. Y en la calle, cuando hace frío, no se está nada bien. En Twitter, se le ha dicho de todo menos bonito, igual que antes se le llamaba precioso. Por lo que ha contado, por lo que ha dejado de contar y hasta por el trasplante de pelo a la turca, que antes nadie había osado mencionar. Cuando uno sale a la palestra en horas bajas, sea para conducir o para declarar, se expone de la cabeza a los pies y no es sencillo salir indemne, máxime cuando ya no queda armadura que pertrecharse.

Me llama la atención, en cualquier caso, cómo en España -desconozco si más o menos que en otros países- somos capaces de crear, destruir y derribar ídolos en pocos meses o años. Y también que ellos mismos (los propios ídolos) desde su atalaya de poder, cegados por ese aura que los convierte hasta en bellos sean como sean sus rasgos exteriores e interiores, olvidan que otros tantos pasaron por idéntico lugar muchísimas veces, en todos los siglos y que un traspiés, el capricho de otro más poderoso o el de la imbatible Diosa Fortuna, los dejó convertidos en mequetrefes sin fulgor y sin atractivo. El brillo del éxito -ese impostor, el reverso del fracaso- se apaga con tanta rapidez, que siempre sabe a efímero, aunque dure años de gloria. Lo curioso de esta reflexión es que, aunque no son muchos los que logran acceder a las puertas giratorias de todo tipo hay algunos que lo consiguen y que resurgen y se reconstruyen de una manera fabulosa y entonces, los mismos que los derribaron, los vuelven a ensalzar hasta el infinito durante otro pedazo de historia…, hasta que, casi siempre, los vuelven a derrumbar o, en el mejor de los casos, a colocar en un segundo plano. Nadie es sublime sin interrupción. Nadie es un ídolo de primera línea durante toda la vida. Pero es que, además, hay muchos farsantes que epatan con brillos falsos. Demasiados ídolos con pies de barro.

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