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Tragedias accidentales

Solemos pensar que las tragedias siempre tienen un malo cuando no las causa la naturaleza. Pero no siempre es así. La Providencia, el destino o cualquiera de esos misterios sobre los que, pasados los siglos, seguimos desconociéndolo casi todo, a veces están detrás de esos sufrimientos que no pueden describirse con palabras. ¿Cómo adjetivar el dolor de la pérdida de un hijo, si ni siquiera hay un vocablo adjudicado a la orfandad a la inversa, a ese estado contrario a lo natural? La madre que perdió a su hija el pasado viernes, tras ese atropello accidental en la puerta de su colegio madrileño, donde otras dos niñas resultaron heridas de gravedad, jamás se recuperará. Es imposible. Tras la pérdida de un hijo no se vive, solo se sobrevive. Y quien la padece, busca consuelo tratando de culpar a cualquiera: A quien ocasionó la muerte física, al mundo estresante en el que vivimos, al universo cruel y despiadado o al mismo Dios. ¡Qué terrible castigo del infinito! Pero ¿qué pasa con la mujer que atropelló a esa niña, compañerita de sus hijos, que no volverá a sonreír a su madre nunca más? ¿Qué siente ella, la otra madre, que se convirtió en una “asesina accidental” por pisar el pedal equivocado? Me pongo en su piel y en su horror. Hace no muchos años, yo misma, acelerada por la vida diaria, incapaz de llegar a todas las obligaciones y con la angustia de cada día multiplicando mis nervios de fábrica, pisé el pedal que no debía y estuve a punto de matarme. Me empotré contra la valla de mi casa y la suerte quiso que el grueso muro de la finca frenara el impacto de un coche grande que, aunque quedó destrozado, no se estrujó tanto como para llegar hasta mí. Salí ilesa. Podría haber muerto. Cuando leí el relato de los hechos acaecidos a las puertas de ese colegio madrileño, me entraron ganas de llorar. Por las dos madres. Por las mujeres. Por mí misma. Por este modo de vivir ridículo, que nos lleva agarradas del cuello por una cadena invisible, construida de eslabones de asuntos sin importancia, que nosotras convertimos en prioritarios. Yo podría haber sido esa madre que se confundió de pedal. O la madre que perdió a su hija en la puerta de un colegio. Nadie tiene la culpa y todos la tenemos por dejar que el absurdo de la prisa y de lo urgente sobrevuele nuestra sociedad del bienestar. Y aún así el destino tiene la última palabra. Mi inmenso cariño a esas dos familias rotas. Sobre todo, a las dos madres, cómplices, quizás amigas y unidas por un dolor del que jamás se repondrán.

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